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En un principio el muchacho se burló de tan peculiar
forma de romance, pero de repente comprendió que se
le abría una posibilidad, Eduardo se apareció en la
casa del Tío Alberto con una computadora, para motivarlo
a mantener una comunicación por este medio.
La curiosidad pudo más que la prudencia y en poco tiempo
el Tío Alberto sintió la necesidad de conocer personalmente
a Marcela. Para sorpresa de Eduardo, después de pasar
por el salón de belleza y el modisto, Marcela salió
transformada en otra persona.
Fernando estaba seguro de que Marcela sería suya después
de la muerte de su Tío y él sería el heredero. Pero
estaba equivocado. El miedo que sentía Alberto por su
edad se fue disipando cuando la presencia de la joven
le inyectó un segundo aire que no esperaba.
La familia, al enterarse del otoñal romance del Tío
Alberto, puso el grito en el cielo y acusó a Marcela
de ser una oportunista. Hasta que llegó la inevitable
propuesta de matrimonio. Marcela no quería aceptar porque
las diferencias de edades no hacían que sintiera esa
pasión que era necesaria para una relación.
El Tío Alberto le respondió que su propuesta de matrimonio
jamás había sido pensada en términos de contrato de
contraprestación sexual, solo quería su compañía. Marcela
terminó aceptando el peculiar trato y la fecha de la
boda se fijó de inmediato.
Como Eduardo lo esperaba, al poco tiempo, y sin que
Marcela lo supiera, el Tío Alberto cambió su testamento
dejándole a ella todo lo que poseía. Pero las cosas
se estaban complicando. La presencia de Marcela en la
vida de Alberto le había inyectado una nueva dosis de
vida y el Tío mágicamente había comenzado a rejuvenecer.
Para colmo de males, Eduardo comenzaba a ver a Marcela
con otros ojos. Pero involuntariamente para Marcela,
ahora dueña de su destino, era el momento de la venganza.
Eduardo tuvo su última y más genial idea. Era necesario
crear las circunstancias para que el Tío conociera los
placeres de la carne en el cuerpo de su joven esposa.
Para sorpresa de Eduardo, el encuentro fue todo un éxito.
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El estado de Alberto ocasionó el descuido de sus negocios.
Eduardo le hizo ver a su Tío la importancia de dejar en
manos confiables el manejo de su empresa. Marcela se entera
que estaba embarazada. Alberto recibió la noticia con
frialdad y desde ese momento sus temores se multiplicaron.
Antes de pronunciar el sí definitivo, Marcela miró por
última vez a Eduardo pero éste la hizo entender que allí
acababan todos sus sueños. Después de un largo viaje de
luna de miel, en donde jamás se consumó el matrimonio,
la pareja se estableció en la mansión de Alberto y comenzó
a vivir una agradable y divertida rutina.
Eduardo se encargó de echarle más leña al fuego especulando
sobre el motivo y el responsable del embarazo. Eduardo
llevó las cosas aún más lejos cuando, aprovechando el
errático comportamiento de Alberto, puso en duda el estado
mental de su pariente. Alberto no hizo nada para impedirlo.
Marcela reaccionó e hizo lo posible por defender a su
marido. Marcela se hizo cargo de los negocios del Alberto,
por lo que surgió un ataque de la familia del Tío.
Marcela retiró a Eduardo de su cargo y asumió en propiedad
el control de las empresas del Tío. Su sentido común y
un refinado instinto para los negocios lograron enderezar
el rumbo de las empresas. La situación de la familia del
Tío Alberto era crítica. Eduardo estaba tocando fondo
y la desesperación lo llevó a la cárcel. Enterada del
asunto Marcela logró salvarlo, sin que Eduardo se enterará.
Acudió a las oficinas de Marcela y humillándose pidió
de nuevo trabajo.
Eduardo aprovechó una de las misteriosas desapariciones
del Tío Alberto, logró entrar a la mansión y meterse al
cuarto de Marcela, para su desgracia la encontró con la
más sugestiva pijama. Eduardo engañándola intenta violarla,
Marcela se defiende y llaman a la policía. Al día siguiente
Eduardo fue despedido de la empresa.
El Tío Alberto comenzaba a comprender su error. Marcela,
estupefacta recibió la noticia que Alberto había decidido
dejarla en libertad, le pedía perdón y la dejaba como
única dueña de todo su imperio, pidiéndole que viviera
el amor que estaba tocando a su puerta, amor que según
Alberto era el que se merecía.
Durante semanas Marcela buscó desesperadamente al Tío
Alberto pero no pudo encontrarlo. Cuando todo parecía
perdido, un misterioso mensaje en el Internet le devolvió
las esperanzas. Su anónimo corresponsal le daba pistas
muy precisas sobre el paradero del Tío Alberto. Sin pensarlo
dos veces, y a pesar de su estado fue a buscarlo. El Tío
Alberto dedicó el resto de sus días a buscar el perdón
de la muchacha por todo el mal que le había causado. |