Tenía años viendo esa señal cuando se apagó. No fue una explosión. No fue un tanque. Fue algo peor: silencio. Una pantalla que se volvió negra y una niña venezolana que pensó, con toda la ingenuidad que da no haber visto esto antes, que el gobierno daría marcha atrás.
No dio marcha atrás. Las dictaduras no titubean. Eso es, precisamente, lo que las hace dictaduras.
La pregunta que nadie respondió
Claudia Sheinbaum le dijo esta semana a México que no vea TV Azteca.
Lo dijo con esa calma que da confundir el poder con la razón. Lo dijo como advertencia ciudadana, como acto de protección, como si el problema fuera el canal y no la pregunta que el canal hizo. Porque hubo una pregunta. Una pregunta incómoda sobre vínculos entre funcionarios de Morena y el crimen organizado. Señalamientos internacionales. Graves. Del tipo que un gobierno con las manos limpias responde con datos, con transparencia, con la serenidad de quien no tiene nada que esconder.
La respuesta fue: apaguen ese canal.
Presidenta, con todo respeto: eso no es combatir la desinformación. Eso es administrar lo que México tiene permitido saber.
El libreto lo conozco de memoria.
No porque lo haya estudiado. Porque lo viví.
Hugo Chávez no cerró RCTV de golpe. Primero los señaló. Dijo que mentía, que desinformaba, que tenía dueños con agendas, que era la voz del golpismo disfrazada de periodismo. Lo repitió hasta que una parte del país lo creyó.
Hasta que la duda se instaló exactamente donde él la necesitaba.
Después vinieron los decretos. Después vino el silencio.
RCTV cerró en 2007. Sin balas. Con un papel firmado y el lenguaje frío de quien sabe que no puede justificar en voz alta lo que está haciendo. Esa noche la pantalla se puso negra y yo esperé, con esa ingenuidad que solo te da no haber visto esto antes, que el gobierno reconsiderara.
No reconsideró.
Las dictaduras no titubean. Ejecutan.
El primer paso siempre suena razonable.
No estoy diciendo que México sea Venezuela, todavía.
Estoy diciendo algo más específico: el camino se reconoce desde el primer paso. No desde el quinto. No cuando ya es tarde y la gente pregunta cómo llegamos aquí. Desde el primero. Cuando todavía suena razonable. Cuando todavía hay argumentos para defenderlo.
Siempre hay argumentos. El medio señalado siempre tiene defectos reales. El empresario detrás siempre tiene intereses cuestionables. Siempre hay contexto que hace que el gesto parezca justificado.
Pero ningún gobierno democrático, ninguno, le dice a sus ciudadanos qué realidad merece ver.
Ninguno.
La pregunta que Sheinbaum no respondió esta semana no era sobre TV Azteca. Era sobre funcionarios. Era sobre crimen organizado. Era sobre qué sabía el gobierno, cuándo lo supo, y qué hizo al respecto.
Esa pregunta sigue sin respuesta. Y mientras no se responda, el verdadero problema de desinformación en México no tiene logotipo de televisora.
Tiene dirección en Palacio Nacional.
Yo sé cómo empieza esto.
También sé cómo termina.
Y la diferencia entre Venezuela y México es que México todavía puede elegir que el final sea distinto.