Este sábado fue el tercer atentado en menos de dos años donde un intruso armado irrumpió y vulneró la seguridad del hombre más poderoso del mundo, aunque el primer ataque fue cuando estaba en campaña para volver a la presidencia, su capital político parecía haber disminuido pero volvió reforzado. ¿En qué coincide y en qué difieren los ataques contra la vida del presidente Trump y el magnicidio de JFK?
El momento en que la desgracia parece rozar los eventos del presidente Trump, no podría ser más preciso. El ataque durante el evento de campaña ocurrió una semana antes del anuncio de Kamala Harris de contender por la presidencia cuando ya era incontenible la presión contra Joe Biden para retirarse. La segunda vulneración a su seguridad fue en febrero de este año, cuando un intruso que apenas alcanzaba la mayoría de edad fue abatido en la misma semana que un juez bloqueó los aranceles de Trump y lo condicionaba al apoyo del Congreso. Este tercer ataque armado fue en el punto máximo que ha experimentado de baja popularidad entre la población estadounidense, en la Cena Anual de Corresponsales de la Casa Blanca, un evento que reunía a cientos de periodistas por lo que más atención mediática y eficiencia no podía haber.
En menos de diez minutos, mientras el servicio secreto aún desalojaba a los periodistas, el hashtag #Staged (montado) ya acumulaba 300,000 menciones.
No logro evitar pensar en el asesinato de Kennedy y las semejanzas, aunque los desenlaces han sido opuestos, los momentos mediáticos, las armas utilizadas y el bajo perfil de los atacantes invita a la analogía.
La tragedia ha sido sustituida por el espectáculo; porque, aunque la retórica de campaña intente trazar paralelismos heroicos: Donald Trump no es Kennedy. .
La arquitectura del oportunismo
La reacción de Trump ante este tercer atentado —después de los incidentes en Pensilvania y Mar-a-Lago— revela una actitud que contrasta abismalmente con la mística de Camelot. En lugar de un llamado a la unidad nacional, el mandatario utilizó el caos para presionar por la construcción de su polémico salón de baile dorado en la Casa Blanca, una obra que un juez federal había ordenado detener recordándole que la Casa Blanca no es suya para modificarla a su gusto.
Utilizar un tiroteo como argumento inmobiliario es no menos que oportunista. Políticamente, es una distracción necesaria. Trump sabe que su popularidad está en el suelo, asfixiado por el costo económico y humano de una guerra con Irán que no ha cumplido sus promesas de victoria rápida ni tiene sentido a juicio de los votantes.
Ambos atravesaban momentos con la misma tensión pero diferente situación
No es ningún secreto la fascinación del presidente Trump con el magnicidio catalogado como el crimen del siglo XX, prueba de ello es la liberación de casi cien mil archivos sobre el caso. Pero no, Trump no es ni pasará a la historia como una analogía de Kennedy. JFK construyó la arquitectura de la contención que definió la Guerra Fría, entendiendo que el liderazgo de Estados Unidos dependía de la solidez de sus alianzas.
Regresamos al presente donde se vive la guerra en Irán, caracterizada por las diferencias ideológicas irreconciliables, y con grietas más marcadas entre líderes occidentales que provocaron que la semana pasada, Donald Trump llamara “tigres de papel” a esos mismos aliados europeos de la OTAN, por negarse a ser arrastrados a un conflicto directo con Irán.
Esta erosión de la alianza atlántica es el regalo más grande que Moscú ha recibido en un siglo. JFK soltó la mano de Ngô Đình Diệm en Vietnam del Sur apenas tres semanas antes de su propio asesinato, cuando el líder survietnamita se convirtió en un lastre moral por la crisis contra los budistas. Trump, en cambio, está dispuesto a soltarle la mano a Ucrania, presionando para que cedan el Donbás a Rusia. Lo que para Trump es un buen negocio, para Vladímir Putin es un ahorro magistral de años de desgaste militar y miles de bajas.
Las piezas del ajedrez mundial son diferentes
El contexto bélico actual difiere del de los años 60 en su cinismo. Vietnam del Norte y la URSS compartían una visión de expansión comunista frente al avance chino. Hoy, el eje Rusia-Irán es un matrimonio de conveniencia entre parias. Irán suministra los drones que Rusia necesita en Ucrania, pero Moscú, evita una asociación total para no ser el rostro oficial de un estado patrocinador del terrorismo.
Mientras tanto, China observa desde la barrera, comprando hasta el 90% del petróleo iraní y consolidándose como el verdadero ganador de este desorden. No hay ideología, solo negocios. No hay Doctrina Truman, solo supervivencia económica.
Conspiración o espectáculo
De acuerdo con la Comisión Warren, Lee Harvey Oswald actuó solo. Independientemente de las dudas que persisten, el asesinato de JFK cambió el rumbo del siglo XX porque el golpe fue real y sus consecuencias tangibles. El incidente del sábado, ocurrido convenientemente frente a toda la prensa reunida en la capital, ha sido calificado como una coreografía de desvío de atención más que como un hito histórico.
Tanto dos de los atacantes de Trump como el asesino de Kennedy eran hombres jóvenes, Oswald declaró antes de ser asesinado por Jack Ruby, “I’m just a patsy” que era solamente un chivo expiatorio, cuando estaba por enfrentar la justicia. Tenía lazos con la Unión Soviética, vivió allí donde conoció a su esposa quien era rusa, y él visitó las embajadas de Cuba y URSS en México poco tiempo antes de cometer el magnicidio. Thomas Matthew Crooks fue abatido el día del tiroteo contra el entonces candidato presidencial y ex presidente, y Cole Tomas Allen es un profesor cuyas redes sociales y manifiesto recién analizadas, lo enmarcan como radical.
Ryan Routh, el segundo atacante de Trump, era un activista en contra de la guerra de Ucrania, su motivación de apoyo me recuerda irremediablemente a Sirhan Sirhan, el asesino palestino de Robert F. Kennedy que no toleró el discurso de apoyo a Israel del hermano de JFK.
La semejanza es clara: ataques armados en contra de uno de los hombres más poderosos del mundo; criminales que aparentemente actúan solos, siempre en momentos de incertidumbre por inestabilidad extranjera.
Trump no es Kennedy, y Melania no es Jackie, cuando escucharon los disparos y un agente se acercó a informarle al presidente, la Primera Dama se escondió debajo de la mesa. El instinto de supervivencia actuó diferente al de Jackie Kennedy quien abrazó a JFK y gateó sobre la limusina descapotada para recoger fragmentos del cráneo del presidente.
Independientemente del resultado, la vulnerabilidad de la sociedad actual no se compara a la que dejó el magnicidio de Kennedy en 1963, porque más grave que el vacío de poder, agravaría el vacío de certeza.