Lo que comenzó como una frase lanzada desde el poder terminó abriendo un debate mucho más delicado: el intento de desacreditar, presionar y exhibir públicamente a un medio por cuestionar al gobierno. Y eso, aunque algunos quieran minimizarlo, sí representa una señal alarmante.
Porque el problema ya no es únicamente un pleito entre políticos y televisoras. El fondo es otro: cuando desde la presidencia se señala a periodistas, conductores o medios por informar sobre temas incómodos, el mensaje termina siendo peligrosamente claro. El poder no quiere preguntas. Quiere obediencia.
La reacción contra TV Azteca no surgió por un error menor o una simple diferencia editorial. Surgió después de tocar temas sensibles para el oficialismo: los señalamientos alrededor de Rubén Rocha Moya, Enrique Inzunza y otros personajes vinculados al poder en Sinaloa. Surgió después de insistir en temas que el gobierno preferiría mantener lejos de la conversación pública.
El país real que el gobierno no quiere escuchar
Mientras desde Palacio Nacional se pierde tiempo atacando medios, el país sigue acumulando tragedias que no desaparecen por decreto ni por descalificaciones.
Ahí están las madres buscadoras enfrentando solas la violencia. Los transportistas viviendo bajo amenazas del crimen organizado. Los comerciantes pagando extorsiones. Los hospitales sin medicamentos suficientes. Los médicos y enfermeras trabajando con carencias absurdas. Los maestros dando clases en escuelas deterioradas mientras intentan proteger a sus alumnos incluso de la violencia armada.
Esa es la realidad que millones viven todos los días. Y esa realidad no desaparece porque alguien pida cambiarle de canal a la televisión.
Por eso el discurso oficial empieza a generar preocupación. Porque cuando un gobierno se molesta más con quien denuncia que con quien delinque, el problema deja de ser mediático y se convierte en político.
La censura moderna ya no necesita cerrar medios
La censura de hoy rara vez llega con soldados entrando a una redacción. Ahora funciona distinto: se desacredita, se presiona, se ridiculiza y se intenta convertir al periodista incómodo en “enemigo del pueblo”.
Se construye la idea de que cuestionar al gobierno es “traición”, “golpismo” o “campaña”. Y poco a poco se normaliza que desde el poder se exhiba a quien critica.
El riesgo está justamente ahí.
Porque hoy puede ser una televisora. Mañana puede ser cualquier ciudadano que proteste por la inseguridad, por la falta de agua, por un familiar desaparecido o por un sistema de salud rebasado.
La libertad de expresión no depende de simpatías políticas
No hace falta coincidir con TV Azteca para entender la gravedad del asunto. La libertad de expresión no se defiende únicamente cuando habla quien piensa igual que nosotros. Se defiende precisamente cuando el discurso resulta incómodo.
Y en un país marcado por la violencia, la impunidad y el miedo, intentar silenciar voces críticas sólo profundiza la desconfianza social.
La discusión no debería centrarse en quién tiene más rating o quién simpatiza con determinado grupo político. La discusión verdadera es si el gobierno está dispuesto a tolerar cuestionamientos reales o si cualquier crítica será vista como un ataque personal al proyecto político de la llamada Cuarta Transformación.
Porque cuando el poder comienza a molestarse con la verdad, lo que sigue normalmente no es diálogo. Lo que sigue es autoritarismo disfrazado de narrativa.