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Un funcionario atrincherado y la autoridad rebasada: El circo de la educación en México

Un nombramiento oficial, una oficina tomada y un Estado rebasado. El episodio en la Secretaría de Educación Pública revela el desorden que marcó a la educación mexicana.

Sólo en un país como México puede ocurrir una escena así. Un secretario de Educación Pública anuncia un nuevo nombramiento, posan para la foto, sonríen ante las cámaras y presentan oficialmente a la persona que estará al frente de un área clave —la Dirección de Materiales Educativos de la Secretaría de Educación Pública— mientras el anterior ocupante del cargo permanece atrincherado en la oficina, negándose a salir.

¿Qué es esto? ¿En qué país ocurre algo así? La escena no es una anécdota pintoresca: es el reflejo exacto de la desorganización, del desgobierno y de la anarquía institucional que se normalizó, donde cada quien hace lo que quiere, donde los procesos importan poco y las formas simplemente dejaron de existir.

Nombramientos sin autoridad y oficinas tomadas en la SEP

Más allá de si el procedimiento del viernes fue correcto o no, hay un hecho contundente: hoy, lunes 16 de febrero, existe un nuevo nombramiento. Punto. No hay debate legal ni político que justifique que alguien se encierre en una oficina pública porque “no quiere que lo saquen”.

Esto no ocurre en ningún trabajo serio. En ningún espacio institucional. Y mucho menos en uno que tiene en sus manos la formación de millones de niñas y niños. La escena raya en lo grotesco: transmisiones en vivo, victimismo, el espectáculo del “pónganme las esposas” y el teatro completo, financiado además con recursos públicos.

¿En manos de quién estuvo la educación los niños de México?

La pregunta es inevitable y profundamente incómoda: ¿en manos de quién estuvo la educación de nuestros hijos? No es un asunto menor ni un simple escándalo mediático. Puede parecer “buen show”, pero es una tragedia estructural.

Las transmisiones de más de 48 horas dejaron al descubierto confesiones, arrebatos y posturas que ameritan un análisis profundo. Lo protagonizado por Marx Arriaga no es un caso aislado, es apenas la punta del iceberg de algo mucho más corrosivo que se infiltró en el sistema educativo y cuyas consecuencias ya estamos pagando.

Rezago educativo: la factura del desastre

Basta revisar los números. El rezago educativo es evidente. El desempeño de los estudiantes es alarmante. Niñas y niños que no logran realizar operaciones matemáticas básicas, resultados desastrosos en evaluaciones internacionales y los peores indicadores en décadas.

Todo eso no es casualidad. Es el resultado directo de este desorden, de esta improvisación, de este teatro permanente disfrazado de política educativa.

La salida del cargo no basta. Los señalamientos de corrupción deben investigarse y, si se confirman, deben castigarse. Así de simple. No se trata de ideologías ni de etiquetas políticas. No es suficiente decir “ya se fue” o “que se vaya a donde quiera”.

Cuando alguien tiene que pagar por lo que hizo, que pague. Porque lo verdaderamente imperdonable no es el escándalo, sino el daño profundo que se le causó a toda una generación bajo el amparo del caos institucional.