Irais vio a su patrón encima de la muñeca y fue aterrador; no se imagina cómo alguien puede satisfacerse con un pedazo de plástico. Irais salió corriendo y se lo contó a su jefa, pero ella le dijo que era normal, que ella misma le había regalado la muñeca. Irais le contestó que no quería volver a entrar a su casa, porque para ella, él es un depravado. Ahora, Irais no está dispuesta a perder su empleo porque él la culpa de haber roto la muñeca.


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