Bad Bunny encarna las tendencias contemporáneas, lo carnal y la sensación artificial de conquista del Poder Latino en un mundo agringado por años. Por otro lado, Pedro Infante representa la esencia de un México que encontró en el cine y la música una forma de narrarse a sí mismo y mostrarse al mundo en una época de guerras y progreso.
Opinión de Fer Ortega
Este 15 de abril se conmemora el 69 aniversario luctuoso de Pedro Infante, uno de los ídolos más entrañables de México. A casi siete décadas de su partida, su nombre continúa resonando en la memoria colectiva, demostrando que el verdadero talento trasciende generaciones y modas pasajeras.
Sin embargo, en la era digital, la sobreoferta de contenido en internet, redes sociales y plataformas de streaming ha provocado que muchos jóvenes ni siquiera sepan quién fue. Hoy más que nunca, cada quien es libre de consumir lo que quiera y de admirar a quien desee. No obstante, esta libertad también ha diluido la permanencia de las figuras trascendentes en México.
En un mundo donde los ídolos son de barro, donde el autotune predomina sobre la técnica y donde el morbo y lo superficial dictan la pauta, resulta sano y necesario mirar al pasado. No como quien vive anclado en la nostalgia, sino como un ejercicio de arqueología cultural: un oasis en la inmediatez del presente.
Voltear a ver a estrellas como Pedro Infante nos permite conocer las primeras décadas del México posrevolucionario: sus costumbres, su forma de hablar —de hecho, más elaborada que la actual—, su moda y su visión del mundo. También nos confronta con prácticas como el machismo, que aunque ahora está funado, sigue muy presente en todas las esferas del país, como hace siete décadas.
En un mundo de Bad Bunnies, elijamos a Pedro Infante.
No es una competencia generacional, pero sí una invitación (casi a manera de obligación) a reflexionar sobre qué tipo de referentes construyen nuestra identidad cultural. Bad Bunny encarna las tendencias contemporáneas, lo carnal y la sensación artificial de conquista del Poder Latino en un mundo agringado por años. Por otro lado, Pedro Infante representa la esencia de un México que encontró en el cine y la música una forma de narrarse a sí mismo y mostrarse al mundo en una época de guerras y progreso.
Desde la clase baja, Infante logró hacerse de un lugar en el firmamento de las estrellas del Cine de Oro mexicano. No solo conquistó al público con su indiscutible talento para cantar y actuar, sino también por su sencillez y cercanía con el pueblo. Comía con los albañiles de sus propiedades, ayudaba a los más necesitados y, cada Día de Reyes, repartía comida y juguetes a los niños… y a los no tan niños. Aun en la cima, nunca dejó de ser uno de ellos.
Como toda leyenda, su muerte también dio origen a mitos y relatos urbanos: que no falleció en el accidente aéreo en Mérida, que vivía en la Ciudad de México, que se le veía pasear por la Alameda. Historias que, ciertas o no, revelan el profundo cariño de un país que se negó a despedirse de su ídolo.
No se trata de romantizar una época lejana, sino de mantener vigentes a las figuras que marcaron la vida de generaciones y que cooperaron en la construcción de nuestra idiosincrasia. Recordar a Pedro Infante es preservar la memoria cultural de México y comprender de dónde venimos para decidir hacia dónde vamos.
La cultura de una nación no se construye solo con lo nuevo, (y menos cuando lo que hoy definimos como nuevo es superficial y efímero) sino también con aquello que resiste el paso del tiempo. Y de vez en cuando, en medio del ruido del presente, mirar al pasado es sano.
En un mundo donde reinan Bad Bunny y una larga lista de gente sin talento, México siempre debería volver a ver a Pedro Infante.
