Después de años, volver no se siente como un abrazo, sino como un impacto. Crucé la frontera con el corazón acelerado, esperando encontrar un estallido, un grito, una marea de gente reclamando el tiempo perdido. Celebrando la caía de un dictador .
En su lugar, encontré algo mucho más inquietante y profundo: un silencio que aturde.
Venezuela, por primera vez en más de una década, funciona sin el nombre que nos asfixiaba. Pero no hay fiesta. Lo que hay es un país escondido procesando el shock.
El peso del aire
Caminar por estas calles es sumergirte en un manojo de nervios que están en el aire, una vida estática eriza.
No es el miedo de antes, el de la represión, es un miedo nuevo, más complejo. Es el vértigo de quien ha vivido encadenado y, de pronto, siente que la cadena se rompe.
La jaula se ha abierto. Durante años soñamos con este momento, pero nadie nos advirtió que el metal de los barrotes nos había acostumbrado. Ahora que la puerta está de par en par, nos miramos unos a otros desde el fondo de nuestras celdas, con las alas entumecidas, sin saber si el cielo todavía nos pertenece.
Una alegría que se traga
En los pocos encuentros que he tenido, en ese intercambio rápido de miradas con el vecino que apenas me reconoce, he visto algo que me parte el alma: una alegría contenida. Es un júbilo que no se atreve a salir, una chispa que la gente se traga para que no se le escape por la boca.
Es la cautela del que ha sido engañado mil veces. La gente está en sus casas, no por orden de queda, sino por una especie de respeto solemne ante lo desconocido. Sentimos que si celebramos demasiado fuerte, el sueño podría romperse y devolvernos a la pesadilla.
"Regresar a una Venezuela que ya no tiene al dictador, pero que aún no es libre, es como visitar una casa después de un incendio: las llamas se apagaron, pero el humo todavía no te deja ver el camino."
Aprender a volar de nuevo
Siento una tristeza extraña mezclada con una esperanza que duele. He vuelto a un país que no tiene dueño, pero que todavía tiene miedo de sí mismo. La libertad no llegó como un rayo de luz; llegó como un vacío inmenso, como una página en blanco que nos aterra escribir.
Hoy no celebramos porque estamos ocupados tratando de recordar quiénes éramos antes de la jaula. Estamos parados en el umbral, con el pecho apretado, mirando hacia afuera. El sol está ahí, el horizonte es ancho, pero nuestras alas aún no saben que ya no hay techo.
