No ha terminado la primera quincena de este nuevo año y ya parece que ha pasado una eternidad. En México no dejan de pasar cosas, una tras otra, pero en América Latina tampoco. Por un lado, Ordem e Progresso (Orden y progreso) se perdió en Brasil.
Bolsonaristas emularon a trumpistas en el capitolio. ¿A quién le salió mejor la jugada? Preguntan muchos.
Pero cuando vemos a vándalos asaltar los poderes del Estado, no hay respuesta positiva que valga.
Atacaron el Congreso, el Tribunal Supremo y el palacio presidencial de Brasil. Con la diferencia de que en Brasilia las instituciones no estaban reunidas en sesión. En Washington sí y muchos congresistas quedaron en medio de una horda de locos.
En Brasil no hubo muertos y tampoco fue ninguna sorpresa, sino un ataque temido durante meses.
En tres horas, las fuerzas de seguridad ya tenían controlados los edificios gubernamentales, mientras que a unos kilómetros de distancia, en Orlando, Estados Unidos, al expresidente Jair Bolsonaro le estaba dando un patatús, cuando veía las imágenes de lo que ocurría. Y terminó hospitalizado.
¿Casualidad? ¿Coraje? ¿Preocupación? No me atrevo a responder.
Brasil en llamas y Perú ardiendo
Desde que a Pedro Castillo se le metió el espíritu de Fujimori y a su mismo estilo dio un autogolpe de Estado por el que acabó destituido y detenido, las calles de Perú son campos de batalla en las que han muerto al menos 46 personas.
Es una tragedia. Los izquierdistas siguen protestando en contra de la presidenta Dina Boluarte, exigen elecciones ya. Y Dina se está tomando las cosas con calma, poco a poco, tal vez lleguen en unos meses.
Las aguas están lejos de calmarse, y mientras, Perú se seguirá desangrando. En ambos casos: ¿existirá alguna posibilidad de llegar a la calma? ¿Es mucho pedir en la alborotada América Latina de estos días?