¡Ya basta! Hoy fue mi amiga. Mañana mi hermana, mi hija o cualquiera de ustedes. Son frases que se leen con frecuencia en las protestas convocadas para luchar contra la violencia hacia la mujer.
Palabras que no están lejos de la realidad de una región acostumbrada a la barbarie de cerca. Y es que con 4 mil feminicidios al año en América Latina, el segundo continente con la tasa de feminicidios más alta después de África, está demás preguntar si las mujeres estamos preocupadas o si vivimos con miedo.
Una mujer es asesinada cada dos horas en América Latina por el hecho de ser mujer, así que en este continente es una lucha por sobrevivir y estar vivas no debería ser un logro.
¿Salir a la calle y volver sanas y salvas es el mayor reto al que nos enfrentamos cada día?
No habrá voz que se quede corta para gritar justicia. No habrá calle que alcance para exigir seguridad. Porque cada vez son más víctimas. Y las estadísticas se quedan cortas.
Muchos casos no son denunciados o son confundidos con homicidios tradicionales. Y el desangre no para. Para la ley, si cometer un homicidio es delito, hacerlo contra una mujer es más grave.
Argentina y Chile, por ejemplo, contemplan cadena perpetua.
Hay otras naciones que un feminicida pasa entre 10 y 60 años en prisión. ¿Qué hacemos con grandes leyes si el estado nos está fallando? Sí, muchos señalan al Estado como responsable.
Acaso, ¿no? O por lo menos un gran cómplice porque hablamos de un sistema de justicia que no sirve.
La tasa de impunidad es alta, solo en dos de cada 100 casos los agresores van a juicios.
Estamos desprotegidas ¡Ya basta! Ya dejen de fallarnos a las mujeres, necesitamos instituciones fuertes, responsables y comprometidas con sancionar la violencia machista.