Francia está en las calles: cientos de miles de personas protestan por el costo de vida y el deterioro de los servicios públicos. Pero detrás de esa indignación hay una pregunta incómoda: ¿Qué sucede cuando el Estado promete más de lo que puede pagar la deuda francesa ya equivale al 19% de su economía y la tentación populista?
¿Cuál es? Responder a cada crisis con subsidios, gasto intervención, pero subsidiar no siempre significa solucionar.
Cuando el Gobierno limita la competencia, dificulta la inversión y no permite que crezca la oferta y termina agravando los problemas que promete resolver.
Y aquí una palabra fundamental libertad, libertad para emprender, competir, invertir y generar oportunidades.
Protestar es un derecho, la violencia no, pero la indignación también debería dirigirse hacia las políticas que ofrenan el crecimiento y encarecen la vida. Porque la prosperidad no se decreta ni se consigue repartiendo promesas.
Francia nos deja una advertencia: Cuando el populismo se queda sin dinero, el descontento, termina llenando las calles.