“Acá afuera somos sus grupos de rescate. Si alguien me escucha, griten o hagan ruido”. La frase, repetida como un mantra por los brigadistas sobre las ruinas de un edificio de nueve pisos colapsado en La Guaira, obtuvo respuesta. El equipo de búsqueda y rescate urbano de Colombia (USAR COL-1) detectó que Abraham, un adolescente de 16 años, continuaba con vida bajo las toneladas de concreto.
Los rescatistas corroboraron los signos vitales del joven mediante un escáner térmico y de movimiento. La pantalla del radar mostraba su ubicación aproximada y su capacidad de movilidad en el espacio confinado. Con la ayuda de la familia, quienes reconstruyeron de memoria los planos del apartamento, el equipo tomó una decisión crítica: cavar un túnel de frente y hacia abajo para llegar a la zona donde se presumía que estaba atrapado.
Excavaron a ciegas
Guiados por las referencias de los familiares, los rescatistas rompieron una de las habitaciones para cruzar hacia la sala. “Nos dijeron: ‘Van a encontrar un mueble de color café, giren a mano derecha y van a encontrar posiblemente la habitación del niño’, y así fue”, explicó Danny Altamirano, oficial de seguridad del equipo USAR COL-1.
El grupo avanzó centímetro a centímetro en un túnel estrecho que llegó a alcanzar los 10 metros de profundidad. Cada paso implicaba romper barreras sucesivas de concreto, ladrillo y arcilla compactada. La operación requería precisión absoluta; un impacto mal calculado en las estructuras colapsadas podía generar un movimiento en falso y sepultar tanto al menor como a los propios brigadistas.
Luego llegó el silencio
Durante 18 horas, los bomberos y rescatistas trabajaron sin parar, rompiendo paredes y sacando escombros con las manos en una carrera desesperada por alcanzar a Abraham. A cada momento apagaban los motores para gritar hacia la oscuridad del túnel, esperando un golpe o una señal del joven. Sin embargo, cuando calculaban que les faltaba apenas una hora para llegar hasta él, el ruido cesó por completo desde el fondo de las ruinas y las peticiones de respuesta quedaron atrapadas en un silencio total.
Al entrar al último tramo de la excavación, confirmaron que el adolescente ya no tenía signos vitales. El impacto de salir con las manos vacías quebró el ánimo de la brigada, que sintió el dolor de perder una batalla milimétrica contra el tiempo. A pesar del golpe devastador, la madre de Abraham se acercó a los brigadistas con el corazón roto, pero con una profunda gratitud, para agradecerles el haber luchado hasta el último segundo por devolverle a su hijo.