Lo que pasó en Acapulco quedará en la memoria de todos los mexicanos, pero está mañana quiero reflexionar no sólo en lo que pasó, sino en lo que está pasando hoy, ahora mismo.
Y quisiera que me acompañará con su imaginación hasta esos hogares en donde hoy, no hay nada para desayunar.
Sería bueno que por un momento nos pusiéramos en los zapatos de esas familias que ya no tienen un comedor o una sala para ver la tele ni una cama en donde dormir.
Le pediría que imaginara por un momento que abre su ropero y no hubiera nada y tuviera que ponerse ropa prestada o ropa usada por alguien más, por algún extraño. O que llega a la cocina y no hay nada en el refri o en la despensa, eso es lo que esta mañana están padeciendo nuestros hermanos en Acapulco.
Sí, ellos, los que alguna vez nos recibieron con una sonrisa al llegar al hotel, los maleteros que nos ayudaron con el equipaje, la recepcionista, la camarera, los meseros. Son ellos los que han perdido su casa y sus muebles, pero sobre todo, han perdido su empleo.
Su fuente de ingreso también está en escombros, miremos con ojos solidarios a esas familias y si podemos, no dudemos en ayudarlas.