Ciudad de México.- Tan lejos y a la vez tan cerca queda aquel sangriento 24 de mayo de 1964, en el que las selecciones de Perú y Argentina se enfrentaban por un pase a los Olímpicos de Tokio. El escenario era perfecto. Más de 47 mil espectadores se dieron cita para vivir una vela que prometía estar llena de pasión y algarabía desde las tribunas del Estadio Nacional de Lima.
La albiceleste llegaba enrachada con cuatro triunfos consecutivos, por lo que de alcanzar una nueva victoria se aseguraba el pasaje a la justa veraniega. Por su parte, Perú sumaba dos triunfos y un empate, por lo que la derrota no era opción.
Los locales tomaron el control del juego desde el inicio pero sin capitalizar durante la primera parte. En la segunda mitad, los argentinos se adelantaron al minuto 53. Un saque de esquina fue mal rechazado por el portero peruano Barrantes y el argentino Néstor Manfredi remató para anotar el de la ventaja. Los de casa se fueron con todo por el empate y fue al '35 cuando el partido tomó otro rumbo. Un despeje del defensivo Horacio Morales rebotó en la pierna de Víctor Lobatón para entrar en las redes, momento en el que el árbitro uruguayo, Ángel Eduardo Pazos, tomaría el protagonismo anulando el tanto por supuesta falta del delantero de casa.
Las airadas protestas no se hicieron esperar por parte de los afectados, pero el juego continuó. Fue al minuto 40 cuando la bomba de tiempo explotó desde las tribunas del inmueble. El hincha Víctor Melacio Vásquez alías el "Negro Bomba" saltó al césped para agredir al silbante mientras la seguridad lo detenía, lo que desencadenó en una segunda invasión por parte del aficionado Edilberto Cuenca, también golpeado y asediado por los perros de la policía.
Tras el caos, el árbitro dio por finalizado en el encuentro, abandonando la ciudad pasada la media noche en medio de amenazas y remordimiento por haber anulado un gol a primera vista bueno. Las consecuencias deportivas fueron severas con la subsecuente suspensión del Torneo Preolímpico, otorgando el título de campeón a Argentina y por ende, el cupo clasificatorio a los Juegos. Perú todavía logró su pase al repechaje en Río de Janeiro pero fue en vano luego de ser goleado 4-0 por Brasil. Al final, nada de eso fue más importante que los devastadores efectos extra-cancha de aquel partido.
Todo se salió de control, ya que la ira colectiva era incontrolable. Las aficiones de ambos bandos empezaron una pelea a palos y navajazos. Tras la desbordada batalla campal en las tribunas, los cuerpos de seguridad intentaron sin éxito detener los disturbio, empeorando la situación tras la orden de lanzar gases lacrimógenos por parte del comandante Jorge de Azambuja, provocando la estampida de cientos de almas que buscaban huir. Azambuja sería juzgado siete años después en septiembre de 1971, como el responsable de la mala toma de decisiones, entre las que se incluyen el cierre del ala norte de la tribuna, imposibilitando la salida de la multitud.
No todo quedaría allí. Afuera del recinto se incendiaron una decena de autos y autobuses, se produjeron saqueos, ataques a edificios, monumentos, iglesias y oficinas en medio de la tormenta de agua y sangre, mientras la lluvia y la violencia se apoderaba de las calles de Lima.
El gobierno nacional declaró 7 días de luto, producto de los 328 muertos que incluían niños, mujeres y ancianos. Por si fuera poco, el 1964 se oscureció aún más para el país inca, desatando una crisis económica y social directamente vinculada al evento que marcó un estigma para el deporte más popular del mundo, por la falta de sapiencia emocional de todos los involucrados aquella tarde en el Coloso de José Díaz.
Rubén Ramos Duarte