La crisis en el Instituto Nacional de Pediatría estalló tras la filtración de testimonios que evidencian su realidad. Mientras los impecables videos institucionales presumen tecnología de punta y un heroico legado de 50 años salvando a miles de niños y adolescentes, los trabajadores que operan desde las entrañas del recinto enfrentan una crisis repugnante y altamente peligrosa.
Los empleados de nutrición preparan obligadamente carne de pollo en avanzado estado de descomposición. Mientras que las autoridades del comedor ignoran los múltiples reportes sobre olores fétidos y exigen servir las raciones sin piedad. Por si fuera poco, los pacientes, familiares y médicos encuentran constantemente cucarachas navegando entre sus platos.
Al final, el terror laboral reina en los pasillos clínicos. Quienes alzan la voz denuncian directamente al director de administración, Gregorio Hernández Castañeda. Curiosamente, este funcionario también preside el Comité de Ética, utilizándolo como escudo para proteger a mandos impuestos por influyentismo. Todo se resume en un acto que vende espejismos de primer mundo ante una realidad de cuarta.