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El manual del autoritarismo: así nacen los líderes que prometen salvarlo todo en América Latina

Prometen gobernar para el pueblo, dicen no querer poder y terminan concentrándolo todo. América Latina ya conoce esta historia.

La historia se repite más de lo que quisiéramos. En América Latina existe una especie de receta que, una y otra vez, ha servido para cocinar regímenes populistas y de autoritarismo. Los ingredientes casi nunca cambian: un líder carismático, un discurso que enamora a las masas, la promesa de que él —y solo él— puede resolver todos los problemas… y un enemigo al que culpar de todo.

Así empezó Venezuela con Hugo Chávez. Así pasó en Cuba con Fidel Castro. Así ocurre en Nicaragua con Daniel Ortega. Y para muchos analistas, México no ha sido ajeno a este patrón.

El líder que dice no mandarse solo, pero lo hace

Uno de los sellos del populismo es el mensaje emocional. El líder se presenta como alguien que no gobierna para sí mismo, sino para “el pueblo”. Chávez lo decía sin rodeos: “Yo no me pertenezco, yo le pertenezco al pueblo”. Años después, en México, el discurso sonó inquietantemente parecido: “Yo ya no me pertenezco, soy del pueblo”.

La narrativa es poderosa porque conecta con el enojo social, con la desigualdad y con la frustración acumulada. El mensaje es simple: si estás con el líder, estás con la transformación; si lo criticas, estás en contra del pueblo. No hay matices.

Prometer que no buscan el poder… hasta quedarse con todo

Fidel Castro también lo negó. En 1959 decía que no quería ser presidente, que no luchaba por cargos, que su interés era un gobierno democrático. Terminó gobernando casi medio siglo.

El guion se repite: cercanía con la gente, visitas a comunidades, discursos improvisados, promesas de escuchar “directamente al pueblo”. Castro hablaba de que el pueblo era el “manantial más inagotable de información”. Décadas después, en campañas modernas, otros líderes repiten la idea de mantener una relación directa con la gente, sin intermediarios.

“El pueblo manda”… pero solo cuando coincide

Otra frase común en este manual es que “el pueblo manda”. Daniel Ortega lo dijo sin rodeos en Nicaragua. En México, el concepto se repite bajo la idea de que eso es la democracia.

El problema aparece cuando ese “pueblo” solo cuenta cuando respalda al líder. Cuando no, deja de ser pueblo y se convierte en enemigo: neoliberales, conservadores, imperialistas, traidores. Siempre hay un adversario útil para mantener viva la confrontación.

Cuando las instituciones estorban, se debilitan

Para que el plan termine de cuajar, las instituciones democráticas deben perder fuerza. Así ocurrió en Venezuela . María Corina Machado ha advertido que en pocos años más del 90% de los jueces fueron sustituidos, anulando la independencia judicial.

En México, críticos señalan que también se ha avanzado en el debilitamiento de contrapesos, especialmente del Poder Judicial, lo que abre la puerta a una peligrosa concentración de poder.

Lo irónico es que muchos de estos líderes prometieron terminar con las dictaduras. Fidel Castro llegó a asegurar que Batista sería el último dictador de Cuba. La historia demostró lo contrario.

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