La protesta de Josefina Ramos es el rostro vivo del hartazgo. Ni el intenso sol, ni el frío de la madrugada, ni los fuertes vientos lograron doblegar a esta mujer de 70 años. Se plantó firme frente al Palacio de Gobierno, sobre la calle 60 del Centro Histórico de Mérida. Su demanda era básica, justa y urgente: recibir el agua potable por la que paga cada mes.
Puertas cerradas en la Japay y el Palacio
Primero acudió a la Junta de Agua Potable y Alcantarillado de Yucatán (Japay) para exigirle cuentas a su director, Francisco Torres Rivas. Nadie le resolvió. Decidida, caminó hacia el Palacio de Gobierno buscando la empatía del gobernador Joaquín Díaz Mena. Lejos de encontrar apoyo, topó con una pared burocrática. Le advirtieron directamente que no podía hablar con el mandatario.
"Al gobernador no lo pueden molestar. Desde las 9 de la mañana y no aparece el director", relató indignada bajo el aguacero. "Cuando quieren el voto, van de casa en casa; cuando están arriba, ya no se acuerdan".
La farsa del "gobernador del pueblo"
Tuvieron que pasar horas para que alguna autoridad diera la cara. El gobernador nunca bajó. Quien llegó fue Francisco Torres, pero solo para confrontarla. La abuelita no se dejó intimidar y le soltó una verdad incómoda: el trabajo de un funcionario empieza en su oficina resolviendo problemas, no armando un espectáculo en la calle cuando la crisis ya estalló.
Testigos en la zona respaldaron su exigencia, recordando que un servicio cobrado es un servicio que debe darse. Josefina no buscaba reflectores, exigía un derecho básico.
Su protesta empapada desnudó la realidad del actual gobierno, dejando claro que el discurso popular se ahoga en excusas cuando la ciudadanía exige resultados reales y sin pretextos. Esta muestra de valentía dejó en claro que ahora doña Josefina es una yucateca más que dejó de confiar en el gobierno del "renacimiento maya".
