El régimen actual está atestado de figuras cuya ambición supera con creces su capacidad real. El ejemplo más drástico de esta dinámica lo encarna la ministra “acordeón”, Lenia Batres Guadarrama, a quien no le bastó recibir como regalo de lealtad partidista un asiento en la Suprema Corte de Justicia de la Nación, sino que ahora suspira abiertamente por presidir el máximo tribunal del país. Lo busca sin empacho, a pesar de demostrar sesión tras sesión que la silla no solo le queda grande, sino astronómicamente distante de su entendimiento jurídico.
Lejos del mito telenovelesco de la superación profesional, la realidad de la ministra aflora entre pleitos vecinales en el barro llano y una vergonzosa torpeza procesal en las alturas del Poder Judicial.
Acumular maestrías y doctorados cursados simultáneamente en el mismo año no compensa la absoluta falta de pericia al momento de impartir justicia: traspapela expedientes, olvida el número de asunto en discusión, vota en contra y a favor del mismo resolutivo por pura confusión y requiere de asistencia constante para no perderse en el orden del día del Pleno. Tantos títulos en el currículum para exhibir tan pocas tablas en el estrado confirman que en la Corte de Batres, la ideología ocupó el lugar de la técnica constitucional.