Primero aparece el letrero. "Bienvenidos al Salar de Uyuni", dice, y unos metros después la carretera desaparece. Lo que sigue es blanco. Ni un árbol, ni un cerro cerca para orientarse, ni un poco de sombra. Al caer la tarde, ese mismo suelo se convierte en uno de los paisajes más fotografiados de Sudamérica.
Hasta ahí llegó Azteca Noticias con un grupo de turistas mexicanos. Habían visto las fotos en redes sociales y querían saber si eran ciertas. No tardaron mucho en tener la respuesta.
"La verdad es que está fuera de este mundo. Estoy sin palabras", dijo Rafael R. Cano, uno de ellos, apenas bajó a la sal.
Del tamaño de un estado
Los números del salar cuesta imaginarlos. Son 10,582 kilómetros cuadrados de sal continua, a unos 3,650 metros sobre el nivel del mar, en la provincia Daniel Campos, departamento de Potosí, al suroeste de Bolivia. Es el desierto de sal más grande y más alto del planeta.
Para un mexicano, la referencia más cercana es Querétaro: el salar ocupa casi lo mismo que todo el estado. La enciclopedia EcuRed calcula que es unas 25 veces más grande que el salar de Bonneville, en Estados Unidos.
Hace miles de años aquí había un lago de agua salada. Se evaporó. La sal se quedó.
¿Un lugar donde parece que caminas entre el cielo y la tierra? 🇧🇴 En el Salar de Uyuni, #Bolivia, una fina capa de agua transforma el desierto de sal en un espejo natural impresionante. Pero su riqueza no termina en el paisaje: en Colchani, la sal representa trabajo y tradición para generaciones, mientras la gastronomía altiplánica conserva los sabores de la región. @rodrigolema96 con los detalles. https://t.co/RBUvgyp7Ju
— Azteca Noticias (@AztecaNoticias) October 10, 2026
El último tramo, a ciegas
El guía tenía preparada una sorpresa. Los turistas hicieron los últimos minutos del trayecto con un antifaz puesto, sin saber hacia dónde iba la camioneta ni qué había alrededor.
Cuando el vehículo se detuvo, Milder Aguilar, guía de Hidalgo Tours, abrió la puerta: "Muy bien, señores, bienvenidos al salar más grande de todo el mundo".
Se quitaron las vendas. Durante un momento nadie habló. No había horizonte, no había dónde terminaba el suelo y empezaba el cielo. Las nubes estaban arriba y también abajo, debajo de los zapatos.
Todo eso lo hace posible una capa de agua tan delgada que apenas moja la suela: unos milímetros encima de la sal. Basta para que el suelo refleje el cielo completo. En la tarde el reflejo se vuelve naranja, luego morado.
"El reflejo del cielo y la tierra… donde se une el salar con el horizonte para subir al cielo", explicó Aguilar.
El espejo no está ahí todo el año. Aparece con las lluvias, más o menos entre diciembre y marzo, y cada temporada es distinta. Esas mismas lluvias tienen su costo: cuando caen fuertes, deshacen la sal y hay partes del salar a las que ya no se puede entrar. En la época seca el lugar es otro. La sal se cristaliza y forma figuras geométricas sobre una superficie blanca y dura, que cruje al caminar.
Rafael seguía sin encontrar las palabras exactas. Al final lo intentó: "Es una cosa impresionante, y que toda la gente tiene que vivir".
Colchani, donde la sal es trabajo
A pocos kilómetros, la sal deja de ser foto. En Colchani, un pueblo a orillas del salar, se corta, se seca y se vende.
"Colchani, al tener alrededor de cuatro mil habitantes, la mayoría de la persona adulta se beneficia del trabajo y del turismo", contó el guía.
Del pueblo salen 25 mil toneladas de sal al año. Parece mucho. No lo es tanto si se piensa que, según los cálculos, el salar guarda alrededor de 10 mil millones de toneladas.
El trabajo se sigue haciendo casi como antes. Los salineros cortan bloques del piso, cargan la sal todavía húmeda y la llevan a galpones donde termina de secarse. Luego, en la planta, le agregan yodo, la muelen y la embolsan. Lo aprendieron de sus padres, y sus padres de los suyos. De eso comen decenas de familias.
Algunos artesanos encontraron otro uso para los bloques: los tallan. Sus esculturas de sal se volvieron parada fija de los tours.
Bajo la costra blanca hay salmuera, y en esa salmuera hay litio. También boro, potasio, magnesio, carbonatos y sulfatos de sodio. El salar está considerado la mayor reserva de litio del mundo.
🪞✨ ¡Aquí parece que caminas sobre el cielo! Una fina capa de agua convierte el salar de Uyuni, en #Bolivia, en un enorme espejo. Entre paisajes de sal, comida ancestral y un hotel construido con bloques de sal, este lugar sorprende a cada paso. ¿Te gustaría conocerlo? 📹: Rodrigo Lema (@rodrigolema96) Más información en #adnNoticias junto a @TaniaGomezMx 📰 | https://t.co/7y8eXvWtiS
— adn Noticias (@adnnoticiasmx) October 10, 2026
Aptapi sobre la sal, comer en el cielo
A la hora de comer, la mesa se puso ahí mismo, encima del espejo. Tocaba aptapi.
La palabra es aymara y tiene que ver con recoger los primeros frutos de la cosecha. En los Andes es la comida que se junta entre todos y se comparte: entre amigos, en familia, en la comunidad.
Al centro, carne de llama. En el altiplano la llama lo es casi todo. "Es lo que en realidad prioriza en la parte altiplánica, podemos aprovechar de este animalito no solo la carne… también el cuero", explicó Milder Aguilar.
A los visitantes mexicanos la idea no les resultó ajena. En México también se come así, con la mesa llena y todos alrededor.
Cuando se va el sol Continúa la magia
El atardecer en el salar dura poco. El cielo se pone naranja, el suelo lo copia y por unos minutos parece que uno está parado entre dos cielos. Luego oscurece rápido y llega un silencio que pocos están acostumbrados a escuchar.
Ahí empieza otra parte del viaje.
"Cuando se apaga el sol en el Salar de Uyuni, se encienden las luces acá en la feria del desierto", contó Yasmir, quien recibe a los huéspedes del Palacio de Sal.
La feria se llama Sueños y Leyendas, de acuerdo con el portal Economía Sustentable. Es un parque con juegos sensoriales, esculturas e instalaciones interactivas que cuentan historias de la región: de dónde salieron los volcanes, qué espíritus viven en el salar, qué dioses cuidan las montañas.
El Palacio de Sal está en la orilla del salar, a 25 kilómetros de Uyuni. Para levantarlo se usaron más de un millón de bloques de sal sacados del mismo desierto. Las paredes, los techos, el lobby, los pasillos y las habitaciones son de eso. Desde la ventana, el huésped ve el material con el que está hecho su cuarto.
Guinness World Records lo tiene registrado como el hotel de sal más grande del mundo. Ese registro detalla que cada bloque mide 35 centímetros y que entre todos pesan 10 mil toneladas, repartidas en 4,500 metros cuadrados. Son de sal los pisos, las mesas, las sillas, las camas, una alberca y hasta un campo de golf de nueve hoyos. Para pegar los bloques se usa una mezcla de agua y sal que endurece como cemento.
La noche que empezó todo
La historia del hotel arranca con un susto. Juan Quesada Valda, originario de Chuquisaca, pasó una noche helada en el salar y la sobrevivió. De esa noche salió la idea: un hotel hecho de sal. Mucha gente le dijo que estaba loco. Él buscó artesanos y arquitectos, y lo construyó.
Su hijo cuenta que detrás también había una necesidad concreta. Juan Quesada organizaba tours por el salar y sus pasajeros no tenían dónde dormir bien. Así fue como entró a la hotelería, para atraer más gente al salar y a las lagunas de colores.
El primer hotel abrió en 1998. En 2004 lo movieron a la orilla del salar, y la construcción que existe hoy se terminó en 2007.
El negocio sigue en la familia, el hotel pertenece a la agencia Hidalgo Tours y que lo dirige Juan Gabriel Quesada, hijo del fundador. Fue el padre quien mandó demoler aquel primer hotel de sal para levantar el actual, con servicios de primer nivel.
Juan Gabriel no esconde el orgullo por el origen del proyecto. "El Hotel Palacio de Sal es el primer hotel de sal en el mundo".
Una noche dentro de la sal
Hay una regla que viene desde el principio y que a más de uno le saca una sonrisa: no se pueden lamer las paredes. Se desgastan. Y sí, hay quien lo intenta, porque cada muro y cada cabecera son sal del altiplano.
En Uyuni dicen que el Palacio de Sal es soluble y eterno a la vez. Bastaría el agua para deshacerlo. Y aun así sigue ahí, a la orilla de un desierto que lleva miles de años sin moverse.
