En 1968, mientras Bob Dylan buscaba respuestas en el viento, en México surgía una generación de jóvenes opositores que coqueteaban con el comunismo y enarbolaban la lucha estudiantil. Sin embargo, el tiempo demostró que para muchos de ellos el hambre de poder pudo más que los ideales por los que alguna vez marcharon: figuras emblemáticas del Consejo Nacional de Huelga como Pablo Gómez pasaron de perseguidos a perseguidores institucionales al frente de la UIF, mientras que Salvador Martínez Della Rocca “El Pino” enfrentó acusaciones de influyentismo en Tlalpan y Jesús Martín del Campo ayudó a fundar facciones sindicales y Morena tras años de acarreo docente.
La cooptación política no se detuvo en la generación del 68, pues los movimientos universitarios de los 80 sirvieron de plataforma a una nueva camada de activistas que escaló a la burocracia envuelta en graves controversias. Desde Carlos Imaz, grabado recibiendo dinero de Carlos Ahumada, hasta Ulises Lara, exfiscal rodeado de cuestionamientos por la obtención exprés de su título, o Martí Batres, hoy al frente del ISSSTE tras una trayectoria marcada por la polémica.
Todos ellos terminaron calentando una curul y sacándole provecho al cargo público, convirtiéndose exactamente en aquello contra lo que juraron luchar a los veinte años.