En México descubrimos la fórmula mágica para que un escándalo desaparezca. Renunciar es como cuando el botón de saltar anuncio te sale: lo aprietas y listo, el problema ya no existe.
Guadalupe Taddei, presidenta del INE, entregó contratos por casi 200 millones de pesos a una empresa cuyo representante legal era su chofer. O sea, el señor no sólo la llevaba y la traía, también le llevaba los negocios. ¿Ella qué dice? Que la culpa es de otros y renuncia. Adiós.
Rubén Rocha Moya: Estados Unidos lo señala de tener nexos con el narco. ¿Qué hace? Se aparta tantito, como cuando te sales de la fila de las tortillas para contestar el teléfono. La Fiscalía revisa, resulta que no encuentra nada y él ya estaba de vuelta como si nada. Caso cerrado; bueno, cerrado para ellos.
Y aquí va la pregunta que nadie contesta: ¿y la investigación? Porque apartarse no es responder y renunciar no es aclarar.
¿Quieren ver cómo se ve esta historia cuando renunciar no alcanza? Guatemala, 2015. Unos fiscales con apoyo de la ONU destapan una red que cobraba sobornos en las aduanas para que las empresas pagaran menos impuestos, y la línea llegaba directito hasta la oficina del presidente. Primero cae la vicepresidenta Roxana Baldetti; renuncia y, en lugar de irse a descansar a su casa como pasa aquí en México, va detenida. El Congreso le quita el fuero al presidente, que en ese entonces era Otto Pérez Molina, y renuncia al día siguiente. En lugar de despedida, le tocó celda: la condena fue de 16 años de prisión.
¿Fue fácil? No, para nada. Después, a los que investigaron toda esta red de corrupción los tuvieron que sacar del país, porque castigar al poderoso cuesta caro en todos lados. Pero esa es la diferencia: en Guatemala la renuncia fue el principio de la historia; en México es el final feliz. Así que no, la pregunta no es si Taddei se va porque renunció: aquí la pregunta es, ¿quién va a responder?