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Entre cartón, cobijas y miedo: así se espera una cama afuera del Hospital Infantil Federico Gómez

Familias de pacientes del Hospital Infantil Federico Gómez pasan noches enteras a la intemperie para no perder su lugar. La falta de insumos y apoyo de autoridades agrava la espera.

Aquí el dolor no se queda dentro de los muros. Se desborda hacia la banqueta, se instala en la calle y tiembla a la intemperie. Afuera del Hospital Infantil Federico Gómez en la alcaldía Cuauhtémoc , la espera se convierte en rutina y la noche, en resistencia.

Una bocina colgada de un árbol rompe el silencio. La música no es para acompañar, es para no dormir. Quedarse despiertos significa no perder el turno, no ceder el lugar, no quedar fuera. Así pasan las horas madres, padres y abuelos que llevan días, a veces semanas, esperando una cama para sus pacientes.

Muchos llegaron de otros estados. Otros salieron de urgencia y nunca regresaron a casa. No hay albergues suficientes, los baños cierran por la noche y la comida depende de lo que alcance. Dormir se reduce a cartón, una cobija y, con suerte, una tienda de campaña de un metro por un metro.

Esperar una cama en el Hospital Infantil Federico Gómez también es sobrevivir

Yazmín lleva días afuera del hospital . Su esposo padece cáncer en la sangre y están a la espera de que lo internen. La música la mantiene alerta. Dormirse puede costar el lugar.

“Llegamos a quedarnos hasta un mes”, explica.

La espera no es excepción: es la regla.

Las condiciones son precarias. El frío cala, la basura se acumula y comer depende de la solidaridad. Algunos comerciantes de la zona regalan comida cuando pueden.

“Llega gente que no tiene nada qué comer”, cuenta Daniel, quien vende tortas afuera del hospital.

Casitas de lona y noches sin descanso

Las llamadas casitas son lonas improvisadas sobre el pavimento. Dentro, apenas cartón y alguna cobija. Martín espera noticias de su nieta.

“No estamos aquí por gusto, estamos por necesidad”, dice.

A su alrededor, decenas comparten la misma incertidumbre.

Otros ni siquiera alcanzan un espacio así. Félix llegó desde Puebla. Su hija de nueve meses fue operada de los pulmones. No vuelve a casa porque el transporte es caro y los gastos no se detienen. Medicamentos, inhaladores, insumos que el hospital no siempre puede proporcionar.

Para seguir pagando, vendió su camioneta. Cuando se le preguntó ¿qué siente? respondió que “soledad”.

Luego agregó: “Perdí todo, pero gané una niña”.

Falta de insumos y carga para las familias

Familiares coinciden en que la atención médica dentro del Hospital Infantil Federico Gómez contrasta con el abandono afuera.

Carlos Leyva, cuya nieta llegó de emergencia, lo resume así: el hospital es grande, pero el trato hacia los familiares es insuficiente. Medicamentos que deben comprarse por fuera, gastos constantes y ningún lugar digno para esperar.

La estancia prolongada implica miles de pesos por semana. Dinero que muchas familias no tienen y que obtienen vendiendo lo poco que poseen, endeudándose o dependiendo de la ayuda de desconocidos.

Un sistema que deja el dolor en la calle

Las historias se repiten con distintos nombres. Todos comparten el mismo desgaste. Son familiares de pacientes que sostienen la atención médica desde la banqueta, mientras el sistema de salud público exhibe carencias y una profunda falta de empatía.

“México es un gran país”, dice Carlos. “Pero los recursos no están en el pueblo”.

Afuera del Hospital Infantil Federico Gómez , esa frase no es consigna: es experiencia diaria.

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