El descontento social se multiplica en varias capitales europeas. Tirana, Roma y París se han convertido en el escenario de protestas que, aunque ocurren en países distintos, comparten una magnitud similar y exigencias casi idénticas: un alto a la corrupción, al gasto excesivo de los gobiernos y a una crisis económica que golpea el bolsillo de la gente.
La chispa la encendieron los estudiantes, pero la protesta se robusteció: a los jóvenes se sumaron los adultos y diversos grupos sociales que dicen estar hartos.
En Albania, un manifestante resumió el ánimo general al señalar que “existe una sensación generalizada de hartazgo” y que las cosas “no pueden seguir así". Otro aseguró que “esto es sólo el comienzo” y que lo que se vive es “el final de una era”. Piden construir un país en el que no tengan que marcharse a causa de la corrupción.
Desde el Parlamento albanés, la legisladora independiente Marjana Koceku sostuvo que las políticas implementadas por la élite política van en contra de lo que los ciudadanos han pedido durante mucho tiempo.
Los manifestantes señalan cuatro agravios principales: el gasto excesivo del gobierno, la corrupción, el despilfarro en dádivas que ganan votos hoy mientras comprometen el futuro, y el creciente costo de la vida diaria. A ello se suman el dinero público destinado al proselitismo, reformas que intentan remendar lo que los propios gobiernos rompieron, la mala calidad de la educación pública, la falta de docentes bien preparados y el deterioro crónico de las escuelas.
En Alicante, otro manifestante habló de un sentimiento de indignación generalizado y afirmó que, más allá del movimiento estudiantil, la salida de todos a las calles demuestra que existe una indignación colectiva. El fuego del hartazgo arde en territorio europeo, y por ahora no hay señales de que se apague.