La primera droga nunca es el principio de la historia.
La prevención comienza mucho antes del primer consumo: empieza cuando un niño aprende que sus emociones importan.
Por Celina Sotelo Ugalde
La primera vez que fui consciente de que algo no estaba bien con mi papá, tendría unos seis o siete años. Era un sábado por la tarde. Mi mamá atendía un pequeño puesto de sopes a la entrada de nuestra casa. Yo crucé el pasillo rumbo al patio y lo vi acostado en el piso, justo antes del escalón que llevaba al primer patio. Me sorprendió verlo ahí. Salí a decirle a mi mamá que mi papá estaba dormido. Ella, con una expresión que llegué a conocer muy bien, me respondió: "No está dormido... está borracho."
En ese momento yo no entendía qué significaba esa palabra. Sólo sabía que, algunos fines de semana, mi papá subía las escaleras de nuestra casa hacia su habitación siendo un hombre y, unas horas después, el que bajaba ya no parecía el mismo.
Años más tarde comprendí algo que cambió por completo mi manera de entender la prevención: ningún niño debería intentar comprender solo aquello que los adultos tampoco saben explicar.
Cuando hablamos de prevención de adicciones, solemos imaginar el momento en que alguien ofrece por primera vez un cigarro, un vapeador, alcohol o alguna droga. Sin embargo, con el paso de los años he llegado a una conclusión diferente: la primera droga casi nunca es el principio de la historia.
La historia empezó mucho antes: cuando un niño aprendió a guardar silencio porque nadie le preguntó cómo se sentía. Con una adolescente que creyó que debía cambiar para ser aceptada. Con un joven que confundió pertenecer con hacer lo mismo que los demás. Con una familia que nunca habló de emociones porque nadie les enseñó cómo hacerlo. Con un padre que también fue un niño herido y que nunca encontró ayuda.
Las adicciones no tienen una sola causa. Sería irresponsable afirmarlo. Intervienen factores biológicos, psicológicos, familiares y sociales.
Pero hay algo de lo que estoy convencida después de haber vivido el alcoholismo dentro de mi propia familia y de haber compartido durante muchos años con personas en recuperación: ningún ser humano nace deseando destruir su vida. Detrás de muchas decisiones hay dolor, soledad, miedo, confusión, presión por pertenecer o una profunda necesidad de sentirse visto y valorado. Por eso creo que la prevención no puede limitarse a explicar los efectos de las drogas. Esa información es necesaria, pero no suficiente. También necesitamos enseñar a nuestros niños y adolescentes a reconocer sus emociones, a pedir ayuda cuando la necesiten y descubrir que su valor no depende de la aprobación de los demás.
Vivimos en una época en la que nuestros jóvenes reciben miles de mensajes sobre cómo deberían verse, comportarse o vivir para ser aceptados. La presión por encajar no distingue entre escuelas públicas o privadas, entre comunidades rurales o ciudades, entre familias con mayores o menores recursos económicos. Todos necesitamos pertenecer. La diferencia está en los recursos que cada persona tiene para enfrentar esa necesidad sin poner en riesgo su vida.
Por eso es tan importante fortalecer los factores protectores.
Un padre que, antes de corregir, se toma unos minutos para comprender lo que su hijo está sintiendo. Una madre que ayuda a poner nombre al miedo, al enojo o a la tristeza. Una maestra que detecta cambios en el comportamiento de un alumno y se acerca. Un entrenador que transmite disciplina y confianza. Una abuela que hace sentir amado a su nieto. Un grupo donde un adolescente descubre que puede ser él mismo sin necesidad de aparentar. Todo eso también es prevención.
Con frecuencia escuchamos que debemos enseñar a los jóvenes a decir "no". Yo añadiría algo más: debemos ayudarles a descubrir por qué vale la pena decir "sí" a su propia vida. Sí a sus sueños, sí a su salud, sí a su dignidad, sí a las personas que los quieren bien, sí a pedir ayuda cuando sienten que solos no pueden porque pedir ayuda nunca será una señal de debilidad.
Al contrario, suele ser una de las decisiones más valientes que una persona puede tomar.
Si hoy pudiera volver a hablar con aquella niña que encontró a su papá tirado en el piso sin entender qué estaba ocurriendo, no empezaría explicándole qué es el alcoholismo. Primero la abrazaría y le diría: "Nada de lo que está pasando es tu culpa. Tu vida tiene un valor inmenso y un día descubrirás que siempre existen personas dispuestas a ayudarte."
Hoy quisiera decirles lo mismo a todos los niños, adolescentes y jóvenes que atraviesan situaciones difíciles. No importa cuál sea la historia de tu familia. No importa si has vivido violencia, abandono, rechazo o confusión. Tu historia aún no está escrita por completo. Siempre habrá una decisión diferente que puedas tomar. Siempre habrá una mano que puedas buscar. Siempre habrá esperanza. Si un niño aprende desde pequeño que puede llorar sin ser avergonzado, que puede decir "tengo miedo" sin ser ridiculizado, que puede equivocarse sin dejar de sentirse querido y que pedir ayuda nunca será motivo de vergüenza, llegará a la adolescencia con más recursos para enfrentar la presión, el dolor o la soledad sin poner en riesgo su vida.
No existe una fórmula infalible para prevenir una adicción, pero sí podemos construir entornos donde cada niño y cada adolescente descubra algo que nadie debería olvidar: Su vida tiene valor.
Y cuando una persona descubre el valor de su propia vida, cuidar de ella deja de ser una obligación y se convierte en una decisión.
TU VIDA VALE DEMASIADO COMO PARA PONERLA EN RIESGO POR ENCAJAR.
#ViveSinDrogas