Max Baer, una leyenda olvidada

Max Baer es uno de los peleadores más importantes de la historia, recordado por su excentricidad y potencia dentro del cuadrilátero.
16 diciembre 2020 20:12hrs
Azteca Deportes
EL dictado: Análisis y Opinión

Hoy pensé en revelarles una pincelada de la vida de Max Baer, un personaje absolutamente olvidado porque hay gente que cree que el boxeo comeinza con Muhammad Ali y termina con Julio César Chávez.

No es un reclamo a nadie lo que estoy haciendo. El olvidar es una característica muchas veces desgraciada de los seres humanos, y para que no te olviden tienes que se Ali, o Maradona, o Pedro Infante, y eso pocos lo consiguen.

Max Baer fue campeón mundial de peso completo hace 90 años. Fue un boxeador de vida y brillos sociales más notorios, vinculado sentimentalmente con innumerables actrices, coristas, estrellas y socialités.

Lo llamaban “El Magnífico Excéntrico” o “El atolondrado Maxi”. Impredecible en sus actitudes, antes de su pelea titluar con Primo Carnera, se acercó a su rival para arrancarle uno a uno los pelos del pecho, meintras cantaba: “Me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere”.

Cuando perdió con Jim Braddock, aunque las apuestas estaba 10 a 1 a su favor, declaró: “Ese título es mío, pero que lo use Braddock un rato, él tiene a tres niños que alimentar, y yo no sé cuántos hijos tengo”.

Un día, en agosto de 1930, peleaba con el local Frankie Campbell en San Francisco, quien se burló de Baer, y enfurecido por las burlas golpeó bárbaramente a Campbell, hasta matarlo.

Acto siguiente, Max visitó a la esposa del infortunado Campbell, y le dijo: “No me odies. Esto fue fortuito y lo lamentaré toda mi vida”. La esposa le respondió: “No te odio, porque también podía haberte pasado a ti”.

En mi libro de historia lo tengo en mi número 23 entre los peleadores más salvajes de todos los tiempos.

En 1933 Baer hizo la pelea del año para The Ring, ganándole a Max Schmeling. En 1934 fue campeón mundial, arrebatándole el triunfo a un boxeador que pesaba 25 kilos más que él.

En 1959, con 50 años de edad, lo sorprendió la muerte frente a un espejo, mientras se rasuraba. Se dio cuenta de lo que estaba sucediendo y pronunció: “Oh, Dios. Aquí voy”.