El exitoso regreso de los cuatro astronautas de la misión Artemis II ha marcado un hito mundial; tras dar la vuelta a la Luna, pasar por su lado oscuro y alcanzar una distancia que ningún humano había logrado desde 1972, la NASA planea construir una base lunar como antesala para llegar a Marte. Sin embargo, este triunfo pone bajo la lupa la crisis del desarrollo científico en México, un sector que, a abril de 2026, enfrenta uno de sus momentos más críticos debido al abandono institucional.
El contraste presupuestal: Artemis II vs la Agencia Espacial Mexicana
Mientras Estados Unidos utiliza su programa espacial para mantener un liderazgo tecnológico y geopolítico con una inversión de 90 mil millones de dólares (de los cuales 4 mil millones correspondieron únicamente al reciente viaje), el panorama para nuestro país es abrumador. Hace 15 años, la Agencia Espacial Mexicana contaba con 120 millones de pesos; hoy, su presupuesto es de apenas 40 millones para investigación.
Esto explica por qué la inversión en ciencia y tecnología en territorio nacional representa apenas un raquítico 0.17% del PIB. A pesar del talento histórico de figuras que han roto barreras como Rodolfo Neri Vela, José Hernández y Katya Echazarreta, y de los enormes esfuerzos de la UNAM para desarrollar nanosatélites, el desarrollo científico en México carece de un interés genuino por parte del gobierno.
Promesas sin sustento y la falta de innovación aplicada
En contraste con los proyectos rigurosos de la NASA, la política mexicana ha estado marcada por declaraciones sin bases científicas. Por ejemplo, la diputada morenista Victoria Gutiérrez Pérez aseguró públicamente que en Veracruz ya se construye una nave espacial para viajar a Marte y cultivar café en el planeta rojo.
Esta falta de seriedad se suma a un discurso oficial que durante años ridiculizó el pensamiento científico y la formación académica de excelencia en el extranjero, tildando a los estudiantes de ‘aspiracionistas’ y acusándolos de ir a universidades de prestigio sólo a ‘aprender a robar’. En lugar de fomentar la innovación aplicada, el entorno de desprecio hacia el conocimiento ha provocado que el 95% de las patentes solicitadas a nivel nacional pertenezcan a empresas extranjeras.
La crisis en Conacyt y la salud pública
La retórica en contra del desarrollo científico en México no solo afecta el ámbito espacial, sino que ha cobrado una dura factura en temas de vida o muerte. Durante la pandemia, el gobierno y la exdirectora del Conacyt, María Elena Álvarez-Buylla, anunciaron la creación de los ventiladores Ehecatl 4-T y Gatsi, presentados como tecnología estatal de bajo costo. Al final, todo resultó ser un engaño: las patentes no eran nacionales, su fabricación fue muy cara y los equipos nunca funcionaron. Peor aún, esta farsa detonó compras de emergencia a sobreprecio de equipos viejos a la empresa de León Manuel Bartlett, hijo del entonces titular de la CFE.
Aunado a esto, la Auditoría Superior de la Federación documentó que Álvarez-Buylla desvió 400 millones de pesos e incurrió en tráfico de influencias. Hoy, México ocupa el peor lugar en materia científica dentro de la OCDE, con solo un 1% de alumnos mostrando resultados sobresalientes en ciencias. Para avanzar, el desarrollo científico en México exige presupuesto real y seriedad, dejando atrás las eras de misticismo gubernamental donde se prefería hablar de ‘aluxes’ antes que de ciencia.
México, el gran ausente en la cumbre donde el futuro ya empezó