Mientras que en las dictaduras tradicionales la cibercensura es burda —desconectando el internet para apagar protestas—, en México la censura se ha modernizado. Este Día Mundial contra la Cibercensura (12 de marzo), el foco de atención no está en hackers extranjeros, sino en los pasillos de Palacio Nacional, donde la libertad de expresión ha enfrentado una de sus etapas más oscuras a través del uso de recursos públicos para asfixiar la crítica.
Bajo la dirección de Jesús Ramírez Cuevas, exvocero presidencial que ha sobrevivido al cambio de sexenio, México consolidó la creación de la “plaza pública más tóxica del país”. Durante seis años, el presupuesto del erario no se utilizó para informar, sino para financiar ejércitos de bots y redes de falsos “youtubers independientes” con una misión clara: el linchamiento digital.
De la censura bruta al terrorismo psicológico institucional
La cibercensura en el México contemporáneo no borra publicaciones; las entierra bajo una avalancha de acoso. El objetivo es el doxxeo de Estado: exhibir teléfonos de corresponsales internacionales y direcciones de opositores en pantallas gigantes bajo el disfraz de “transparencia”.
Jesús Ramírez Cuevas el arquitecto de la “Inquisición semanal
"Ramírez Cuevas ha sido señalado como el productor ejecutivo de secciones como “Quién es quién en las mentiras”, un paredón institucional donde se estigmatiza a reporteros que no se alinean al régimen. En este espacio, se acuñaron frases que marcaron la post-verdad oficial, como el célebre: “No es falso, pero se exagera”.
Sin embargo, los ataques pasaron del discurso a la vulneración de seguridad física:
- Filtraciones masivas: Bajo su mando ocurrió la mayor filtración de datos personales (direcciones y pasaportes) de más de 300 periodistas que cubrían la presidencia; un “hackeo” calificado por críticos como “conveniente”.
- Autocensura forzada: El acoso sistemático en redes sociales busca asfixiar al ciudadano crítico hasta obligarlo al silencio.
- Doxxeo de Estado: La difusión de datos privados desde el micrófono más poderoso del país no es un ejercicio de réplica, es terrorismo psicológico transmitido en cadena nacional.