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La tradición alfarera de San Miguel Tequistlatlahuacan que perdura en el tiempo

En San Miguel Tequistlatlahuacan, más del 70% de sus habitantes convierten la arcilla en arte. Aquí, la tradición y la innovación se entrelazan, dando vida a ollas y cajetes que capturan la esencia de un pueblo forjado en barro.

En la Sierra de Puebla existe un rincón donde la cotidianidad se moldea con las manos. Al entrar a San Miguel Tequistlatlahuacan, resulta evidente que la existencia de sus habitantes gira en torno a la creación de recipientes.

Conocida popularmente como San Miguel de las Ollas, esta comunidad destaca por una vocación artesanal que alcanza a más del 70% de su población, convirtiendo casi cada vivienda en un taller familiar donde el trabajo manual predomina sobre cualquier proceso industrial.

San Miguel de las Ollas: más del 70% de su población dedicada a la alfarería

El paisaje urbano de esta localidad es un reflejo de su oficio. Sobre las banquetas y a mitad de las vialidades, es común observar acumulaciones de arcilla o extensiones de tierra secándose bajo el sol.

Lo que a simple vista parecen manchas oscuras en el suelo es, en realidad, la materia prima esencial. Anteriormente, ante la falta de pavimentación, el barro se trabajaba directamente sobre la tierra, aprovechando incluso el paso de los vehículos para triturar el material. Hoy, tras retirar las piedras, el polvo se introduce en molinos donde se mezcla con una proporción exacta de agua para evitar que las piezas se partan por exceso de humedad.

Innovaciones en la producción de ollas mejoran la productividad y reducen el desgaste físico de los artesanos

La innovación también ha llegado a estos talleres domésticos. Un ejemplo es el caso de Gustavo, quien, a pesar de haber aprendido el oficio a los 11 años, decidió aplicar sus estudios en mecatrónica para mejorar la producción.

Junto a su prima, diseñó prototipos de tarrajas, una versión evolucionada y más estandarizada del torno tradicional que permite fabricar piezas idénticas con mayor rapidez. Esta herramienta no solo ha incrementado la productividad, permitiendo que parejas de artesanos logren hasta 800 piezas semanales, sino que también ha reducido el desgaste físico de los alfareros.

Proceso de creación alfarera

El proceso de creación es una transición de estados que dura aproximadamente 20 días por pieza. Comienza con la arcilla cruda, sigue con el modelado de cajetes, arroceras u ollas de frijol, y continúa con un periodo de secado de dos a tres días. Posteriormente, se realiza el detallado y el pulido con fibra de vidrio.

El sello distintivo de cada familia aparece en la etapa del decorado; mientras algunos prefieren diseños de flores, otros añaden detalles como trenzas o efectos de escurrido, todo ejecutado minuciosamente a mano durante largas jornadas.

La etapa final y más crítica ocurre en el fuego. El proceso requiere dos quemas en hornos tradicionales, algunos con más de un siglo de antigüedad. Los artesanos, como los de la familia Vallejo, vigilan el calor constantemente durante horas, utilizando aserrín y desechos de madera para alimentar la lumbre. Una pieza terminada, lista para cocinar arroz, puede alcanzar un valor de 300 pesos, representando no solo un objeto utilitario, sino el don heredado y la identidad de un pueblo que vive por y para el barro.

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