Por Celina Sotelo Ugalde
Durante mi infancia aprendí a reconocer algunas emociones mucho antes de saber cómo nombrarlas. Aprendí a tener miedo de las groserías porque muchas veces eran el anuncio de que la violencia física estaba por comenzar.
Sentí impotencia porque en esos momentos veía a mi padre mucho más grande y fuerte que nosotros. Sentí ira, frustración y, con los años, también vergüenza y resentimiento. Pero no hablábamos de esas emociones. En mi casa no existía la libertad de decir: "Tengo miedo", "Estoy enojada", "Me da vergüenza", "No entiendo qué está pasando" o "Necesito ayuda".
Como sucedía con muchas familias de aquella época, simplemente había que seguir adelante.
Muchos años después comprendí que aquella niña no necesitaba que alguien le dijera "no tengas miedo". Necesitaba que alguien la abrazara, que le diera suficiente confianza para contar exactamente lo que estaba sintiendo y que pudiera llorar sin sentirse culpable. Necesitaba que un adulto le explicara que su padre padecía una enfermedad muy compleja, que lo que ella sentía era comprensible dadas las circunstancias y, sobre todo, que ella no era responsable de lo que estaba sucediendo.
Hoy sé que no podemos evitar que los niños y adolescentes experimenten emociones difíciles. Lo que sí podemos hacer es enseñarles a reconocerlas, expresarlas y aprender qué hacer con ellas. Y aquí surge una pregunta que puede parecer extraña: ¿Cómo que las emociones hablan?
Hablan cuando un niño tiene miedo y no sabe decirlo.
Hablan cuando una adolescente se encierra en su habitación y nadie pregunta qué está pasando. Hablan cuando un joven explota de enojo por algo que parece pequeño, pero detrás de esa reacción existe una acumulación de frustración, tristeza o impotencia.
Hablan también cuando un adolescente hace algo que no quiere hacer, acepta cosas que le incomodan o cruza sus propios límites sólo para que lo acepten y no sentirse fuera del grupo.
Las emociones no son buenas o malas. Son parte de nuestra experiencia humana y nos proporcionan información. El problema no es sentir miedo, enojo, tristeza, vergüenza o soledad. El problema puede aparecer cuando no sabemos reconocer lo que estamos sintiendo, no encontramos palabras para expresarlo o creemos que tenemos que manejarlo todo solos.
Hace tiempo escuché una comparación que me ayudó muchísimo a comprender este tema. Una conferencista explicó que aprender a manejar nuestras emociones puede parecerse a aprender a conducir un automóvil. Primero necesitamos conocerlo: saber dónde está el freno, dónde está el acelerador, acomodar el asiento, ajustar los espejos y familiarizarnos con sus controles. Sólo entonces podemos conducirlo con mayor seguridad.
Con nuestras emociones sucede algo parecido: no podemos aprender a manejarlas si nunca aprendimos a reconocerlas. Aprender a manejar nuestras emociones no significa controlarlas para que desaparezcan, significa aprender a reconocerlas, entender qué nos están diciendo y elegir cómo responder.
No queremos enseñar a los jóvenes a controlar sus emociones como si fueran algo peligroso, queremos enseñarles a regularlas. Un niño que escucha constantemente "no llores" puede aprender que llorar está mal. Si escucha "no tengas miedo", quizá aprenda que sentir miedo es algo de lo que debe avergonzarse. Si ante un conflicto siempre escucha "tú cállate, yo tengo la razón", puede aprender que expresar su punto de vista no tiene valor. Y quizá los adultos no lo hacemos con mala intención.
Muchas veces repetimos lo que nosotros mismos aprendimos. Yo también he tenido que reconocerlo en mi propia vida. Con los años descubrí conductas y formas de pensar que había aprendido dentro de mi familia y que ya no quería conservar. Comprendí que mi madre también había vivido circunstancias muy difíciles y que hizo lo que pudo con las herramientas que tuvo. Pero comprender de dónde vienen nuestras formas de relacionarnos con las emociones no significa que tengamos que repetirlas. Podemos aprender algo diferente. Podemos empezar por algo tan sencillo y tan difícil a la vez como detenernos y preguntar: ¿Qué estoy sintiendo? Y después: ¿Qué necesito?
A veces detrás del enojo puede haber dolor. Detrás de una reacción agresiva puede existir miedo. Detrás de una conducta que parece desafiante puede haber frustración. Detrás de la necesidad desesperada de pertenecer puede existir un profundo temor a quedarse solo. Hoy, además, nuestros niños y jóvenes viven buena parte de sus relaciones y de la construcción de su identidad en un mundo digital. Un "like" puede sentirse como aceptación y su ausencia como rechazo; una pantalla puede convertirse en un escape cuando la realidad resulta difícil. La tecnología no es el enemigo, la pregunta es: ¿qué estamos buscando en ella y qué ocurre cuando la necesitamos cada vez más para sentirnos bien? No significa que toda conducta tenga una única explicación ni que una emoción justifique cualquier acción, significa que aprender a reconocer lo que sucede dentro de nosotros nos da más posibilidades de elegir qué hacer con ello. Y eso también es prevención porque cuando un niño aprende que puede decir "tengo miedo" sin ser ridiculizado, estamos fortaleciendo un factor protector. Cuando una adolescente puede decir "me siento sola" y encuentra a alguien dispuesto a escucharla sin juzgarla, estamos fortaleciendo un factor protector. Cuando un joven puede reconocer "estoy muy enojado y necesito alejarme antes de hacer algo de lo que me arrepienta", está desarrollando una herramienta para la vida. Cuando un padre puede dejar por unos minutos el celular, mirar a su hijo a los ojos, preguntar "¿qué te pasa?" y escucharlo con empatía y cariño, está haciendo prevención. Cuando una maestra nota que un alumno ha cambiado y decide acercarse en lugar de etiquetarlo, también está haciendo prevención.
A veces prevenir no requiere una gran campaña, puede comenzar con cinco minutos de atención verdadera. No se trata de que los padres tengamos siempre la respuesta correcta. Se trata de que nuestros hijos sepan que pueden acercarse a nosotros cuando no tienen respuestas. Yo habría necesitado eso cuando era niña. Habría necesitado que alguien me dijera: "Lo que estás sintiendo tiene sentido. No eres mala. No eres responsable de lo que está pasando. Puedes hablar conmigo. No tienes que cargar esto sola." Con el paso de los años, mi relación con mi padre también cambió. Después de mucho trabajo personal pude comprender mejor su enfermedad, reconocer el daño que había causado y, al mismo tiempo, verlo como un ser humano que también había sufrido. Llegué a sentir compasión por él y a trabajar el perdón. Comprender no borró lo ocurrido, pero me permitió dejar de cargarlo de la misma manera. Quizá por eso hoy creo profundamente que necesitamos enseñar a nuestros niños y adolescentes algo que parece sencillo, pero puede cambiar muchas cosas: Tus emociones no te hacen débil, te están diciendo algo. Aprende a escucharlas. No siempre podremos evitar que nuestros hijos sientan miedo, tristeza, enojo, vergüenza, soledad o frustración. Tampoco podemos garantizar que nunca tomarán una mala decisión, pero sí podemos ayudarles a desarrollar recursos para atravesar esos momentos. Podemos enseñarles que pedir ayuda no es una señal de debilidad, que llorar no les quita valor, que sentir miedo no significa ser cobarde, que estar enojados no les da permiso para lastimar, que sentirse solos no significa que estén solos y que cuando no sepan qué hacer con lo que sienten, pueden buscar ayuda porque las emociones hablan. A veces lo hacen con lágrimas, a veces con silencio, a veces con enojo, a veces con aislamiento, a veces con conductas que nos preocupan. La pregunta es si habrá alguien dispuesto a escuchar lo que están tratando de decir. "La prevención también empieza ahí: cuando un niño descubre que puede hablar de lo que siente y que no tendrá que encontrar respuestas él solo. #ViveSinDrogas