El paso del tiempo no borra ciertas historias, las vuelve más grandes. Por eso, a medida que se acerca el Mundial 2026, empieza a tomar fuerza una pregunta que mezcla nostalgia, ilusión y fútbol en estado puro: ¿puede la Selección Argentina volver a ser campeona del mundo justo a 40 años de México 1986? Aquella conquista no solo significó un título, sino la consagración definitiva de Diego Maradona como héroe absoluto del deporte, en un torneo donde llevó al equipo a lo más alto con actuaciones que todavía hoy se recuerdan como irrepetibles.
Pero esta Argentina, la de Lionel Scaloni y Lionel Messi, también tiene lo suyo: una identidad clara, una estructura sólida y una generación que ya sabe lo que es ganar.
Dos campeones, dos formas de construir la gloria
Comparar la Argentina del 86 con la actual es inevitable, pero también invita a entender cómo evolucionó el fútbol argentino. Aquella Selección tenía una dependencia muy marcada en Maradona, que funcionaba como eje total del equipo. Todo pasaba por él, desde la generación de juego hasta la resolución de los partidos. Sin embargo, eso no implica que haya sido un equipo desequilibrado: nombres como Valdano, Burruchaga, Enrique o Ruggeri cumplían roles fundamentales y sostenían el funcionamiento colectivo.
En cambio, esta versión dirigida por Scaloni se apoya en una lógica distinta, más moderna si se quiere. El equipo está por encima de las individualidades, incluso cuando en la cancha aparece un jugador del calibre de Messi. Argentina hoy juega como bloque, presiona alto, se adapta a distintos contextos y tiene múltiples variantes para resolver situaciones. Esa riqueza táctica y conceptual es una de sus grandes fortalezas de cara al futuro.
El ciclo Scaloni: de la incertidumbre a la consolidación
Lo que logró Lionel Scaloni al frente de la Selección es, en muchos aspectos, extraordinario. Llegó en un momento de transición, con un plantel golpeado y pocas certezas, y terminó armando uno de los ciclos más exitosos de la historia reciente. La conquista de la Copa América 2021, la Finalissima y el Mundial de Qatar 2022 no solo devolvieron títulos, sino que reinstalaron una forma de competir que parecía perdida.
Pero más allá de los logros, lo que distingue a este equipo es su regularidad. Argentina no gana solo por momentos de inspiración, sino por un trabajo sostenido, por una idea que se respeta partido a partido. La presión, la intensidad y la inteligencia táctica son sellos de un equipo que aprendió a jugar finales y a sostener resultados en contextos adversos.
Messi y Maradona: liderazgos distintos, impacto similar
Es imposible hablar de estas dos Selecciones sin detenerse en sus figuras centrales. Maradona fue un líder emocional, explosivo, capaz de cambiar la energía de un partido con una jugada, como lo hizo contra Inglaterra o Bélgica en el 86. Su Mundial fue una obra maestra individual que elevó a todo el equipo.
Messi, en cambio, construyó su liderazgo desde otro lugar. Más silencioso, más cerebral, pero igual de determinante. En Qatar, no solo fue el mejor jugador del equipo, sino también un guía dentro y fuera de la cancha. Su capacidad para aparecer en los momentos clave terminó de cerrar una historia que parecía incompleta, y lo hizo rodeado de un grupo que lo acompañó a la perfección.
Hoy, ya con otra experiencia y un rol más administrado, sigue siendo una pieza central, aunque con un equipo que puede sostener el nivel incluso cuando él no es el protagonista absoluto.
Cómo llega Argentina: presente sólido y futuro prometedor
Si uno analiza el camino al Mundial, Argentina aparece como una de las selecciones más consistentes del panorama internacional. No solo por los resultados, sino por la forma en que compite. Hay una base de jugadores que ya atravesaron instancias decisivas y saben lo que implica jugar bajo presión, algo que en torneos cortos como el Mundial puede marcar la diferencia.
A eso se suma una renovación generacional que no rompe con lo anterior, sino que lo potencia. Jugadores como Julián Álvarez, Enzo Fernández o Alexis Mac Allister no solo aportan frescura, sino también calidad y comprensión del juego. Incluso, nuevas caras como el joven Nico Paz, hacen ilusionar a nuevas generaciones de fanáticos que poco conocen de las frustraciones más grandes del seleccionado argentino. El recambio, que históricamente fue un problema para Argentina, hoy parece estar resuelto, y eso le da al equipo una proyección muy interesante.
Los candidatos al título: un escenario competitivo
Claro que Argentina no corre sola. El Mundial 2026 promete ser uno de los más competitivos de la historia, no solo por la cantidad de equipos, sino por el nivel de varias selecciones que llegan en crecimiento. Francia, por ejemplo, mantiene una base joven y talentosa, con Mbappé como figura central. Brasil, pese a sus altibajos, siempre es una amenaza por su calidad individual. España, por su parte, viene consolidando un proyecto con identidad y resultados, con talentos de la talla de Lamine Yamal y Dani Olmo.
En ese contexto, lo que puede inclinar la balanza es la capacidad de sostener un rendimiento alto durante todo el torneo. Y ahí es donde Argentina tiene argumentos para ilusionarse: es un equipo que rara vez pierde el control emocional y que sabe adaptarse a distintos tipos de partido, algo clave en instancias decisivas.
Entre la historia y la posibilidad concretaEl peso simbólico de volver a ser campeón 40 años después de México 86 (y repitiendo el título conseguido en el último Mundial) no es menor. Aquella gesta de Maradona quedó grabada como uno de los momentos más importantes de la historia del deporte argentino. Pero esta generación también construyó lo suyo, con una identidad que conecta con la gente y un estilo que invita a creer.
No hay garantías en el fútbol, pero sí señales. Y hoy Argentina muestra varias: un plantel competitivo, un cuerpo técnico consolidado y una mentalidad ganadora que ya fue puesta a prueba. La ilusión no es solo un deseo, es una posibilidad concreta, sostenida en resultados, juego y experiencia.
El Mundial 2026 será una nueva historia, con sus propios protagonistas y desafíos. Pero si algo quedó claro en estos años es que Argentina volvió a ser una potencia real. Y cuando eso pasa, soñar con otro título ya no suena a locura, sino a continuidad.