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De Tlaxcala a las pasarelas del mundo: el arte del bordado náhuatl que resiste al tiempo

Flores, grecas y aves, símbolos profundamente arraigados a la cosmovisión náhuatl y a las prendas con bordado hecho por los artesanos de Tlaxcala.

En el patio de una casa humilde, a las faldas del volcán La Malinche, nacen piezas textiles que hoy recorren las pasarelas más importantes del mundo. Ahí, en San Isidro Buen Suceso, Tlaxcala, Virginia Verónica Arce y su padre, Don Delfino Reyes, preservan un legado ancestral: el bordado náhuatl en máquina de pedal, una técnica que ha sobrevivido más de medio siglo y sin perder su esencia.

Bordado Náuatl en Tlaxcala: ¿cómo se mantiene viva una tradición de más de 50 años?

“El trazo es el mismo de hace más de 50 años. Los motivos son náhuatl”, explica Virginia, quien se define como “artista con hilos”. Flores, grecas y aves, símbolos profundamente arraigados a la cosmovisión nahua, dan vida a blusas ceremoniales que, pieza por pieza, se ensamblan hasta formar una prenda completa.

Cada blusa está compuesta por siete tiras bordadas, un proceso que puede llevar hasta un mes de trabajo. Los colores tradicionales, que son el verde, rojo, y el rosa, no son elegidos al azar; cada tono tiene un significado cultural y ceremonial.

Del rechazo al reconocimiento internacional

Virginia aprendió el oficio de su padre desde niña, cuando la necesidad obligó a cambiar la escuela por el taller. “mi papá dijo: tienen que aprender lo que yo hago”, recuerda. Durante décadas, vestir ropa tradicional era visto como un símbolo de marginación. Hoy, esas mismas prendas alcanzan valores de hasta 15 mil pesos, después de años de lucha por el reconocimiento del trabajo artesanal.

Ese esfuerzo rindió frutos cuando, en 2024, Virginia colaboró con la casa de moda Carolina Herrera, llevando el bordado náhuatl de Tlaxcala a un escaparate global.

Don Delfino, el maestro que sembró el conocimiento

Don Delfino Reyes comenzó a bordar a los ocho años y a los diez ya trabajaba profesionalmente. En una época en la que eran principalmente hombres quienes bordaban, él se convirtió en maestro comunitario, transmitiendo el conocimiento por generaciones. Hoy, asegura, solo quedan cuatro familias que conservan la técnica original.

Su historia conmueve tanto como sus piezas: una vida marcada por el esfuerzo, la constancia y el orgullo por las raíces. En tiempos donde la moda es fugaz, la historia de Virginia y Don Delfino plantea una pregunta urgente: ¿estamos valorando lo suficiente a quienes preservan la identidad cultural de México hilo por hilo?

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