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Del “no al fracking” al sí forzado: la crisis energética que exhibe la contradicción del gobierno

México enfrenta una crisis energética que lo obliga a reconsiderar el fracking, pese a promesas previas. La caída en producción y la dependencia externa agravan el panorama.

México enfrenta un escenario energético complejo que ha obligado a replantear decisiones previamente consideradas inamovibles. A pesar de que durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador se reiteró en múltiples ocasiones el compromiso de no utilizar la fracturación hidráulica (fracking), la realidad actual muestra un giro en esa postura ante la creciente necesidad de garantizar el suministro de gas natural.

¿Qué pasó con la promesa del no al fracking?

La producción nacional de gas, principalmente a cargo de Petróleos Mexicanos (Pemex), ha disminuido de manera sostenida, mientras que la demanda continúa en aumento.

Esta brecha ha provocado que el país dependa en más de un 70% del gas importado, especialmente desde Estados Unidos, lo que incrementa la vulnerabilidad energética nacional.

Durante el sexenio anterior, la política energética se centró en fortalecer a Pemex y limitar la participación privada en el sector, lo que incluyó la cancelación de subastas y la reducción de inversiones en exploración y producción.

Paralelamente, se destinaron recursos significativos a proyectos como la refinería de Dos Bocas, mientras que el desarrollo de gas natural quedó rezagado.

Este contexto ha derivado en una situación en la que el fracking, anteriormente rechazado, vuelve a posicionarse como una alternativa para enfrentar la escasez y reducir la dependencia externa.

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La discusión actual no gira únicamente en torno a la viabilidad técnica de esta práctica, sino también sobre el cambio de postura frente a una política energética que ahora enfrenta sus propios límites.

Así, el posible uso del fracking no responde a una estrategia planificada desde el inicio, sino a una necesidad derivada de las condiciones actuales del sector energético en el país.

Fracking: qué es, cómo se hace y cuáles son sus impactos en la comunidad

El proceso inicia con la perforación de un pozo vertical que puede alcanzar hasta 3,000 metros de profundidad. Durante este trayecto, los mantos acuíferos son atravesados y aislados mediante capas de cemento y acero. Una vez que se llega a la formación de roca objetivo, el taladro gira 90 grados y continúa de manera horizontal por varios kilómetros.

Posteriormente, se detonan pequeñas cargas explosivas dentro de la tubería para abrir paso en la roca. A través de estas perforaciones se inyecta una mezcla a presión extrema compuesta en un 90% por agua, 9% por arena y un conjunto de sustancias químicas.

Esta fuerza genera fracturas en la roca, permitiendo que el gas y el petróleo atrapados escapen hacia la superficie.

El uso del fracking conlleva diversos impactos. Cada pozo requiere entre 9 y 29 millones de litros de agua, lo que puede reducir la disponibilidad del recurso.

En términos de salud, especialistas señalan que una parte importante de las sustancias utilizadas puede provocar cáncer, afectar el sistema endocrino, generar alergias o dañar el sistema nervioso.

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