Robot con material reciclado
12 junio, 2021
Jorge Zarza
Salud - Educacion - Y - Bienestar - Notas
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Un robot hecho con ingenio y con… ¡basura!

La idea del robot surgió por la necesidad de distribuir gel antibacterial de manera masiva a los cientos de alumnos ahora que regresen a las aulas.

Tiene la estatura de un adulto y pesa casi 100 kilos, pero en lugar de músculos tiene fierro y en lugar de venas, tiene cables. Sí, es un robot y se llama Robocovid, ya que está diseñado para sanitizar y administrar gel antibacterial.

Fue creado por jóvenes estudiantes del Conalep Veracruz, bajo la supervisión de sus maestros, quienes impulsaron la propuesta de formar un Club de Robótica.

Ante la insistencia de los muchachos, el director dio la autorización sin imaginar lo que estaba a punto de ocurrir.

En menos de un mes, ya había más de 40 alumnos inscritos.

La idea del robot surgió por la necesidad de distribuir gel antibacterial de manera masiva a los cientos de alumnos ahora que regresen a las aulas.

Acompañado del equipo élite de Fuerza Informativa Azteca, integrado por Luli Monsalvo, Ricardo Ruiz y Esteban Sánchez, lo primero que hicimos antes de llegar al plantel 057 ubicado en el Puerto de Veracruz, fue ir a desayunar al legendario Café La Parroquia.

Al ritmo de una concha con nata y otra con frijoles, además de unos buenos lecheros, compartimos la mesa con Jorge Faibre, corresponsal de Azteca Verazcruz.

Ahí, entre bocado y bocado diseñamos la agenda del día, incluso hasta un billete de lotería nos dio tiempo de comprar.

Al llegar a la escuela, un irritante calor nos dio la bienvenida. La suela de goma de mi zapato parecía un chicloso al contacto con el piso.

Entramos al salón de clases donde seis estudiantes dirigidos por la maestra Edith Martínez rodeaban al Robocovid; unos, atornillaban algunas piezas de metal; otros, con pinza en mano, retorcían los alambres para ajustar las placas que darían movimiento a los brazos del robot.

Ahí, con ellos, el profesor Victor Manuel Leyva me comentaba orgulloso que los chicos habían hecho todo: desde el diseño del prototipo, hasta la programación del Robocovid, cuya misión era esparcir los desinfectantes para sanitizar las aulas y despachar el gel en las manos de los estudiantes.

Estos alumnos, que no han cumplido aún 17 años, viajan largas horas desde las zonas donde viven para llegar a la escuela, lo hacen con entusiasmo y sin quejarse de los rayos del sol.

El Sol en Veracruz no es cosa menor, nos caía como fuego ardiente en la cabeza durante el tiempo que estuvimos en el colegio.

Pero ellos nunca pusieron pretextos por la distancia o por las altas temperaturas, más aún, nunca hicieron caso de aquellos que -en tono de burla- les decían que diseñar un robot les llevaría años y que jamás lo lograrían.

Quizá por eso decidieron eliminar la palabra “No” de su vocabulario y se pusieron manos a la obra.

Había que armar el robot y había que hacerlo rápido y bien, por supuesto, sin un centavo de presupuesto.

La mayoría de las piezas las encontraron en la basura, en los depósitos de chatarra y en los deshuesaderos. Aprendieron a usar el cautín y la soldadora; en pocos días se volvieron expertos en conectar cables y delinear circuitos.

Ensamblaron una careta en el tronco de fierro para simular la cabeza y con pedazos de manguera le dieron forma a las manos del robot.

Pasaron largas noches haciendo pruebas para que aquel maniquí de acero pudiera hablar y tener movimiento.

¡Y por fin lo lograron!

En menos de 4 meses le dieron forma al androide.

Lo increíble es que ninguno de estos alumnos había tomado clases de programación ni de diseño. Y esto es lo verdaderamente noticioso de la historia: cuando hay talento y voluntad, se logra el éxito.

Después de aquella jornada de calor extenuante hicimos escala en el Villa Rica para disfrutar una Zaraza bien fría. Sin duda, nos la merecíamos.

¡Ah!, por cierto, el billete de lotería salió premiado con un reintegro.

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