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“Estuvieron ahí cuando el mundo se quedó solo”; despiden a perros guardianes de Chichén Itzá que enfrentaron la pandemia

La muerte de “El Wero” y “Tomasita”, perros guardianes de Chichén Itzá durante la pandemia, conmovió redes tras el emotivo mensaje de despedida de un custodio.

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La muerte de “El Wero” y “Tomasita”, perros guardianes de Chichén Itzá durante la pandemia, conmovió redes tras el emotivo mensaje de despedida de un custodio.|Especial

Cuando la pandemia vació una de las zonas arqueológicas más visitadas de México y el silencio se apoderó de Chichén Itzá, una pequeña manada de perros comenzó a acompañar diariamente a quienes seguían trabajando entre templos y senderos; hoy, años después de aquellas jornadas marcadas por el miedo y el aislamiento, la muerte de los guardianes "El Wero" y "Tomasita" volvió a conmover a cientos de personas en redes sociales.

La historia fue compartida por José Antonio Keb Cetina, custodio de la zona arqueológica, quien publicó emotivos mensajes para despedirse de dos de los llamados perros guardianes de Chichén Itzá; sus palabras rápidamente se viralizaron por retratar cómo aquellos animales se convirtieron en compañía durante los días más difíciles del confinamiento.

¿Quiénes eran “El Wero” y “Tomasita”, guardianes en Chichén Itzá?

Según relató el custodio, “El Wero”, también conocido como “Chucho”, comenzó a acercarse poco a poco a los trabajadores desde 2019; sin embargo, fue durante la pandemia cuando terminó convirtiéndose en compañero inseparable de largas jornadas dentro del sitio arqueológico.

"Tomasita", en cambio, era más reservada; aparecía principalmente a la hora de comer y solía descansar cerca de las placas informativas de la zona, como si vigilara silenciosamente el lugar.

Ambos formaban parte de una manada que recorría templos y senderos de Chichén Itzá; durante las madrugadas esperaban café, pan y pequeños restos de comida que compartían custodios y comerciantes.

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Cuando Chichén Itzá quedó vacío

Con la llegada del confinamiento sanitario, el flujo de turistas desapareció por completo y los perros quedaron prácticamente solos dentro del sitio; fue entonces cuando comenzó una rutina distinta.

José Antonio recordó que llevaba comida desde casa y buscaba ayuda en carnicerías y panaderías locales para alimentar a los animales; algunos comerciantes incluso apartaban pan o huesos para "sus compañeros peludos".

Las caminatas de inspección comenzaron a hacerse acompañadas únicamente por los perros; en medio de la incertidumbre, ellos seguían ahí cada mañana.

El día que la manada cambió para siempre

En uno de sus recuerdos más dolorosos, el custodio narró cómo “El Wero” subió hasta la parte alta del templo de Kukulkán durante una revisión y permaneció inmóvil mirando el horizonte; tiempo después recibió la noticia de que tanto él como “Tomasita” habían sido sacrificados debido a su estado de salud.

La despedida no solo conmovió a trabajadores y visitantes; también despertó cientos de mensajes de personas que recordaron cómo, durante la pandemia, incluso los animales se convirtieron en compañía cuando el mundo parecía haberse detenido.

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