La caída de Nicolás Maduro permitió al mundo ver, sin filtros, los efectos y las heridas que el chavismo dejó en Venezuela y que durante años intentaron ocultarse.
No hubo festejos ni multitudes en las calles. Lo que se respira es otra cosa: incertidumbre y un silencio que pesa más que cualquier consigna política.
El país latino atraviesa momentos difíciles de explicar, pues las últimas 24 horas han estado marcadas por un ambiente tenso, donde cada movimiento parece medido y cada palabra, vigilada.
¿Cómo se vive en Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro?
Entrar al país hoy es cruzar un pasillo de acero. Un muro de fusiles custodia una nación que se tambalea. En carreteras, los retenes militares se multiplican.
No solo revisan documentos: revisan teléfonos, mensajes, fotografías, con el objetivo de frenar cualquier intento de conspiración y controlar hasta el pensamiento.
Este control digital se ha convertido en la última línea de defensa frente a un colapso institucional que no se decreta, pero se siente.
Venezuela ha entrado en un estado de pausa que va más allá de lo oficial. Aquí, el miedo opera como ley no escrita. Las garantías básicas se diluyen, y cualquier gesto puede interpretarse como amenaza.
Vigilancia militar y control total: así es el día a día
Los militares están en todas partes. En cada esquina, el uniforme sigue mandando, incluso después de la captura de Maduro.
No hay caos visible. No hay disturbios. Lo que hay es algo más inquietante: calles vacías, persianas cerradas y transporte paralizado. El país no colapsó en ruido, colapsó en silencio.
Caminar por las ciudades venezolanas es enfrentarse al abandono. El asfalto está vacío, los comercios cerrados y los parques casi desiertos. No porque no haya gente, sino porque todos están en estado de shock.
Ocho millones de venezolanos ausentes: el país que se quedó sin jóvenes
Venezuela se ha convertido en el país de los ancianos. Ocho millones de habitantes emigraron y esa ausencia se nota en todo. Predominan los adultos mayores en las calles, en las plazas, en las banquetas.
Son ellos quienes quedaron para cuidar las ruinas. La juventud, la fuerza laboral y el relevo generacional se fueron. Ahora son el país de los hijos que solo se ven por pantalla y de los padres que envejecen en soledad.
Venezuela hoy es una casa inmensa, abandonada, habitada por ancianos que miran hacia la puerta. Esperan saber si la captura de Nicolás Maduro significa, por fin, el regreso de los que se fueron… o si este silencio es solo el preludio de una soledad definitiva.