La devastación tras el terremoto del pasado miércoles en Venezuela ha expuesto la peor cara de la crisis humanitaria que arrastra el país. Con una cifra de víctimas mortales que ya supera las mil personas y sigue en aumento, la población civil ha tenido que salir a las calles a remover escombros utilizando únicamente sus manos, sin guantes, herramientas ni equipo de protección, ante la evidente ausencia de las autoridades.
Mientras los aviones con ayuda internacional y rescatistas profesionales comienzan a llegar a los aeropuertos, la burocracia y la inacción gubernamental complican la distribución del apoyo en las zonas más críticas.
El infierno en La Guaira y Caracas
Aunque las réplicas se sintieron con fuerza en la capital, el estado costero de La Guaira se ha convertido en el epicentro de la destrucción. Vistas aéreas muestran cuadras enteras reducidas a polvo, mientras que a ras de suelo los sobrevivientes duermen a la intemperie buscando desesperadamente agua y alimento.
Las historias de desesperación se multiplican en cada esquina
Familias enteras denuncian que los cuerpos de los fallecidos quedan en las calles cubiertos con sábanas o colchones viejos. “Lo dejaron allí y desde ayer hasta hoy no ha venido ninguna autoridad forense para levantar el cadáver y poder darle cristiana sepultura”, relató Ricardo Trías, uno de los tantos afectados que espera respuesta entre las ruinas.
La fe es lo único que sostiene a madres como Jennifer Palacios, quien suplica ayuda para remover bloques de concreto. “Lo primero que quiero es que saquen a mi hijo de ahí, como esté... tengo fe de que sigue vivo, pero no tenemos recursos para sacarlos”, lamentó.
Para damnificados como Isabel Barguilla, la realidad actual se reduce a la supervivencia pura. “Estamos durmiendo en la calle, buscando comida, no tenemos casa. El Estado es un desastre total”, afirmó.
La tragedia natural solo vino a desnudar el desmantelamiento institucional que vive el país desde hace más de dos décadas. “El problema fundamental es que en Venezuela no tenemos un Estado que funcione. No hay capacidad técnica, ni financiera, y mucho menos la voluntad real de ayudar a la gente”, explicó el economista Jorge Jraissati.
La indignación de la sociedad civil aumenta al contrastar la falta de rescatistas y policías en las labores de emergencia con el enorme despliegue militar y policial que el gobierno suele mostrar para contener las protestas ciudadanas. Hoy, cuando cada minuto cuenta para encontrar sobrevivientes bajo el concreto, los venezolanos se enfrentan solos a los peores efectos de la naturaleza y del abandono político.