El regreso a clases trajo consigo el regreso de un viejo conocido en los pasillos escolares: el bullying. Aunque los protocolos existen en papel, en la práctica muchos estudiantes sienten que están solos.
El acoso escolar no es un juego de niños ni una etapa normal del crecimiento; es una violencia constante que hoy afecta a cerca del 28 por ciento de los jóvenes entre 12 y 17 años en nuestro país.
Testimonios de una víctima de bullying: “Me hacían llorar”
Detrás de las estadísticas hay rostros y voces que piden anonimato por miedo. Un estudiante de primero de secundaria recuerda que durante un año entero su rutina fue aguantar insultos y burlas de quienes se suponía eran sus amigos.
Otros relatan escenas más crudas: golpes físicos iniciados por nada, simplemente porque a los agresores les parece “divertido” ver sufrir a alguien más. Esta normalización de la crueldad es el primer muro que las escuelas no están logrando derribar.
La secundaria: el terreno más fértil para el bullying
Según la investigadora María Cristina Pérez Agüero, de la Facultad de Psicología de la UNAM, el problema tiene un pico crítico. Aunque empieza a notarse en los últimos años de primaria, es en la adolescencia —entre los 12 y 15 años— donde los casos se vuelven más complejos y violentos.
En esta etapa, el acoso deja de ser un incidente aislado para convertirse en un sistema de poder donde el más fuerte somete al que percibe como diferente.
¿Qué hay detrás de una persona que hace bullying?
La psicología apunta a que el problema suele tener raíces profundas. Muchos de los menores que ejercen bullying presentan una clara deficiencia en el control de impulsos y dificultades para seguir reglas básicas. En muchos casos, estos comportamientos vienen desde casa, en entornos donde la violencia es la forma común de resolver conflictos.
El acosador, muchas veces, solo replica afuera lo que vive o siente adentro, buscando en el dominio sobre otros una forma de compensar sus propias carencias.
El bullying provoca ansiedad y depresión: las marcas en la víctima
Para quienes reciben los ataques, el daño va mucho más allá de un mal día. Los especialistas recomiendan a los padres estar alerta ante cambios drásticos en la conducta. La ansiedad, la depresión y las autolesiones son señales de alerta máxima.
Incluso, existe el riesgo de que la víctima, en un intento por dejar de sentirse inferior o vulnerable, termine convirtiéndose también en acosador, creando un ciclo de violencia difícil de romper sin ayuda profesional.
Autoridades escolares: el reclamo de los padres
El sentimiento general entre los padres de familia es de abandono. “Las autoridades hacen caso omiso, parece que no les importa”, comenta José Héctor, padre de un estudiante. El vacío de acción en las escuelas permite que el bullying crezca.
La recomendación de los expertos es no dejar pasar ni el “insulto más pequeño”, denunciar formalmente ante la dirección y, sobre todo, buscar terapia psicológica tanto para quien agrede como para quien es agredido antes de que las ideas suicidas o la violencia física escalen a consecuencias irreversibles.