Lo que pretendía ser la joya de la corona de la administración de López Obrador: la construcción de la refinería de Dos Bocas se enfrenta a una crítica contundente tras revelarse que operaciones clandestinas, conocidas como “huachirrefinerías”, han alcanzado niveles de eficiencia operativa superiores.
Con una inversión que supera ya los 21 mil millones de dólares y constantes contratiempos técnicos, el complejo estatal contrasta con la rentabilidad lograda por infraestructuras improvisadas, las cuales, con una fracción del presupuesto, han logrado sostener una producción constante.
El análisis técnico sugiere un escenario desconcertante: con el capital destinado a esta única megaobra, el país pudo haber financiado hasta 42 de estas pequeñas plantas hechizas. De haber sido así, la capacidad de procesamiento nacional habría superado los 588 mil barriles diarios, prácticamente duplicando la meta estimada de Dos Bocas y cubriendo una parte significativa de las importaciones que hoy sangran las arcas públicas.
Esta disparidad no solo evidencia una falla en la planeación estratégica de la obra insignia, sino también el alto costo social y financiero de las decisiones basadas en ocurrencias políticas. A medida que el tiempo avanza, el legado de esta refinería se perfila no como un motor de soberanía energética, sino como un elefante blanco cuyo sobrecosto y deuda operativa recaen ya sobre las espaldas de las futuras generaciones de mexicanos.