Viste la playera de la Selección Nacional con el orgullo de un aficionado veterano. En su largo cuello blanco brillan varias insignias y camina sobre sus botas con una naturalidad asombrosa, como si el asfalto hubiera sido siempre su territorio. Es “Merlín”, un pato que camina detrás de sus humanos con la seguridad absoluta de quien se sabe amado, protegido y, sobre todo, pieza fundamental de su familia.

A su lado, su pequeño gran cómplice: Cristian, de 14 años. Él es quien mejor lo conoce, el que descifra sus silencios y quien, en secreto, implora al cielo que su hermano con alas sea eterno.

Con la sabiduría inocente de la infancia, Cristian repite lo que parece ser una plegaria. Y es que, un pato como “Merlín” vive doce años, pero si se le llena de mimos y cuidados, la vida se estira a los dieciséis y, con un poco de suerte, hasta los veinte.

—Ojalá que dure muchos años— murmura Cristian, mientras estrecha el cuerpo plumoso contra su pecho y estampa un beso en ese largo pico amarillo. Como respuesta, el aire se rompe con un graznido vibrante, algo que a estas alturas representa un “te quiero” en el idioma de las aves.

El pato “Merlín: de las calles a la fama mundial

La noche ya cayó, llueve y el cansancio se nota en el andar de ambos, tras un día extenuante, pero la fama espontánea tiene sus reglas.

Cuando los curiosos se acercan con los teléfonos encendidos, “Merlín” y Cristian acceden a las fotografías. El pato no es huraño; sabe posar para la lente, aunque si algún extraño olvida los modales y no sabe tratarlo, lanza un aviso con una rápida mordida. Es ahí cuando Cristian interviene, lo abraza con ternura y el mundo recupera su calma.

Hubo un breve instante en que el niño se alejó y “Merlín” quedó solo rodeado de miradas ajenas. El pánico amagó con aparecer, pero a lo lejos resonó un graznido familiar. De inmediato, el cuello de Merlín se tensó y respondió al unísono. Era su hermano humano que, a la distancia, le enviaba un mensaje invisible: Aquí estoy, tranquilo”.

Cristian sonríe al explicar los matices de su amigo: cuando “Merlín” se enoja, su voz cambia, se vuelve un graznido extraño, más fuerte, indescifrable para el resto del mundo, pero perfectamente claro para él.

Ya de noche y con las luces de la ciudad parpadeando de fondo, ambos están exhaustos. Sin embargo, en medio del cansancio, caminan juntos, disfrutando a su manera de ese brillo efímero que les ha regalado la fama mundial, unidos por un lazo que no necesita traducción.

“Merlin” es joven, tiene solo dos años y se ha convertido en toda una estrella que alegra el paso de la afición mexicana que sueña con futbol.