Con el auge de las redes sociales, la cultura de las dietas y una sociedad que cada vez relaciona más la belleza con la delgadez y la perfección, Simone de Beauvoir nos recuerda el poder que radica en amar nuestro cuerpo a través de una de sus frases más célebres: “Perder la confianza en el propio cuerpo es perder la confianza en uno mismo”.
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La reflexión de Simone de Beauvoir sobre la belleza y la imagen corporal
A través de esta frase, la filósofa francesa nos ofrece una importante reflexión sobre la belleza y la imagen corporal; haciéndonos entender que nuestra mente no está separada de nuestra forma física. En otras palabras, si dudamos de nuestro cuerpo, las dudas e inseguridades se extienden a nuestra mente, afectando nuestra identidad y el valor que nosotros mismos nos damos, pues no hay manera de que te sientas seguro si por dentro estás rechazando quién eres.
Bajo esta línea, los estándares de belleza no son más que una forma de opresión de la sociedad hacia la seguridad y el autoestima, por lo que no queda más que establecer límites sanos y aprender a quererse a uno mismo. De lo contrario, la confianza, libertad y personalidad de uno se verá frenada por estereotipos que cada día son más difíciles de lograr, condicionando de forma directa la manera en la que nos vemos ante el mundo.

¿Quién era Simone de Beauvoir?
Simone de Beauvoir es una de las filósofas, escritoras y activistas con mayor influencia en el siglo XX. Nacida en París, Francia, el 9 de enero de 1908, Simone Lucie Ernestine Marie Bertrand de Beauvoir destacó por ser uno de los máximos referentes del feminismo. A través de su obra maestra, “El Segundo Sexo” (1949), la pensadora analiza cómo la sociedad ha contribuido a la subordinación y opresión de la mujer. Esta crítica se ve ampliamente reflejada en una de sus frases más célebres: “No se nace mujer, se llega a serlo”, en la que hace énfasis en cómo el género femenino pasó de ser algo biológico a una construcción social.
Además de su obra cumbre, “El Segundo Sexo”, otros textos de su autoría incluyen “La invitada” (1943), “Para una moral de la ambigüedad” (1947), “Los mandarines” (1954), “Una muerte muy dulce” (1964) y “La mujer rota” (1967), por mencionar algunas.
